Hay, en cambio, libros muy agradables de leer, pero sobre los que es imposible escribir, pues apenas se trata de exponerlos o comentarlos se advierte que se niegan a entrar en la proposición «Este libro dice que». Quien los lee por placer se da cuenta de que ha gastado bien su dinero, pero quien los lee para contarlos a los demás se indigna en cada línea, rasga los apuntes que acababa de tomar, busca en vano la conclusión que sigue a los «por consiguiente», y no la encuentra. Quede bien claro que sería un imperdonable pecado de etnocentrismo considerar «no pensado» un relato zen, que, por el contrario, persigue ideales lógicos diferentes de los que estamos habituados, pero es cierto que, si nuestro ideal de razonamiento se resume en determinado modelo occidental, formado de «puesto que» y de «por lo tanto», encontrarnos en esos libros ejemplos ilustres de un cogito interruptus, de cuya mecánica debemos ser conscientes. Dado que el cogito interruptus es común tanto a los locos como a los autores de una «iIógica» razonada, deberemos discernir en qué casos es un defecto y en cuáles es una virtud, y virtud fecunda además (contra todo hábito malthusiano). El cogito interruptus es característico de quienes ven el mundo habitado por símbolos o síntomas. Como el loco, que nos muestra, por ejemplo, una carterita de cerillas y, mirándonos fijamente, nos dice: «Mira, hay siete.. .», y después nos mira con intención, esperando que percibamos el sentido oculto de ese signo irrefutable; o como el habitante de un universo simbólico, en el cual todo objeto y todo evento traducen en signo un algo de sobrenatural que todos ya saben y que sólo quieren ver reconfirmado. Pero el cogito interruptus también es característico de quien ve el mundo habitado no por símbolos, sino por síntomas: signos indudables de algo que no está ni aquí abajo ni allá arriba, pero que tarde o temprano ocurrirá. El sufrimiento del comentarista reside en el hecho de que, cuando alguien fija los ojos en uno y dice: «Mira, hay siete cerillas...», ya no se sabe cómo explicar a los demás el alcance del signo o del síntoma, pero cuando el interlocutor agrega: «Y considera, además, si quieres eliminar cualquier duda, que hoy han pasado cuatro golondrinas», entonces el comentarista está realmente perdido. Todo esto no quita que el cogito interruptus sea una gran técnica profética, poética y psicagógica. Sólo que es inefable. Y requiere una gran confianza en el cogito perfectus ‑‑‑‑como desearía que me reconocieran los lectores‑‑ para intentar hablar de él de algún modo. En los discursos sobre el universo de las comunicaciones de masas y de la civilización tecnológica, el cogito interruptus está muy de moda entre aquellos que en otra ocasión he llamado apocalípticos, quienes ven en los hechos del pasado los símbolos de una notoria armonía y, en los del presente, los símbolos de una caída sin salvación ‑siempre por claras alusiones‑, donde toda muchacha en minifalda sólo tiene el derecho de existir en tanto que jeroglífico descifrable de un fin de los tiempos. En cambio, hasta ahora, era desconocido para los llamados integrados, quienes no descifran el universo, sino que lo habitan sin problemas. Sin embargo, es practicado por una categoría que podríamos llamar hiperintegrados, integrados pentecostales, o mejor aún parusíacos: aquejados del síndrome de la Égloga Cuarta, megáfonos de la edad de oro. Si los apocalípticos eran parientes tristes de Noé, los parusíacos son alegres primos de los Reyes Magos. Una afortunada ocasión editorial nos permite considerar juntos dos libros que, de modo diferente y en décadas distintas, obtuvieron un gran éxito y un lugar entre los textos a consultar para un discurso sobre la civilización contemporánea. La pérdida del centro, de SedImayr, es una obra maestra del pensamiento apocalíptico. Understanding media, de Mc Luhan, es quizás el texto más agradable y afortunado ofrecido por la escuela parusíaca. El lector que emprenda la lectura de ambos textos se dispone a participar en una kermesse dialéctica, en una orgía de comparaciones y contradicciones, que muestra los distintos modos de razonar de dos hombres que ven el mundo de manera tan radicalmente opuesta: y, en cambio, el lector advertirá que ambos no sólo razonan exactamente de la misma manera, sino que utilizan como apoyo los mismos argumentos. 0, mejor dicho, que enfrentan los mismos hechos, que uno ve como símbolos y otro, como síntomas, que uno carga de humor tétrico y plañidero, y otro, de jovial optimismo, que uno escribe en tarjetas de luto, y el otro, en participaciones de boda, el uno poniendo delante el signo algebraico «menos», el otro, el signo «más». Y ambos descuidan después articular sus ecuaciones, porque el cogito interruptus prevé que símbolos y síntomas sean lanzados a puñados como caramelos y no razonablemente alineados como las bolas de un ábaco. La pérdida del centro fue publicado en 1948. Muy distante, históricamente, de los días de ira en que se quemaban las obras de arte degeneradas, conserva sin embargo de ellos (razonamos sobre la obra, no sobre la biografía del autor) un eco fulgurante. Y, no obstante, quien, sin conocer la posición de SedImayr en el contexto de la historiografía de las ideas, leyese los primeros capítulos se encontraría ante un tratamiento (sine ira et studio) de los fenómenos de la arquitectura contemporánea, desde el jardín de estilo inglés hasta los arquitectos utópicos de la revolución, vistos como elementos de apoyo para un diagnóstico de la época. El culto de la razón que genera una religión monumental de la eternidad, un gusto por el mausoleo, sea casa de jardinero o museo, que revela una búsqueda de fuerzas ctónicas, de nexos ocultos y profundos con las energías naturales, el nacimiento de una idea del templo estético del que está ausente la imagen de un Dios determinado; y luego, con el Biedermeier, un repliegue de los grandes temas de lo sacro, en una celebración de lo acogedor y de lo privado, de lo individualista y, por último, el nacimiento de esas catedrales laicas que son las exposiciones universales... De la adoración de Dios a la adoración de la naturaleza, de la adoración de la forma al culto de la tecnología: he aquí la imagen descriptiva de una «sucesión». Pero, en cuanto esta sucesión se define como «decreciente», se inserta en la descripción la conclusión diagnóstica: el hombre está precipitándose hacia la sima porque ha perdido el centro. Si, en ese punto, se tiene la astucia de saltarse algunos capítulos del libro (de la página 79 a la 218 en la edición italiana), se eliminarán muchos traumas de lectura, porque en los capítulos finales SedImayr nos da la clave para comprender los símbolos que maneja en los capítulos centrales. El centro es la relación del hombre con Dios. Una vez hecha esta afirmación (sin que Sedlmayr, que no es teólogo, se preocupe por decirnos ni qué es Dios y ni en qué consiste la relación entre el hombre y El), resulta posible hasta para un niño sacar en conclusión que las obras de arte en las que no aparece Dios y en las que no se habla de Dios son obras de arte sin Dios. En este punto abundan las peticiones de principio: si Dios se encuentra «espacialmente» en lo alto, una obra de arte que puede mirarse también puesta al revés (Kandinsky, por ejemplo) es atea. Ciertamente, bastaría con que Seldmayr interpretara en otra clave los mismos signos que individualiza a lo largo del arte occidental (demonismo romántico, obsesiones a lo Bosco, grotesco a lo Bruegel y demás), para llegar a la conclusión de que, en toda su historia, el hombre no parece haber hecho otra cosa que perder el centro. Pero el autor prefiere anclarse en filosofemas de rector de seminario, del tipo «hay que mantener firme como sea el principio de que, así como la esencia del hombre es una en todo tiempo, así también es una la esencia del arte, por muy diferentes que aparezcan sus manifestaciones exteriores». (...) Y, ahora, pasemos a McLuhan. Éste dice lo mismo que Sedimayr: también para él el hombre ha perdido el centro. Sólo qué el comentario es: por fin, ya era hora. Como todo el mundo sabe, la tesis de Mctuhan sostiene que las distintas aportaciones de la tecnología, de la rueda a la electricidad, se consideran como medios, es decir, como extensiones de nuestra corporalidad. En el curso de la historia, estas extensiones han provocado traurnas, embotamientos y restructuraciones de nuestra sensibilidad. Con sus Interferencias y sus sustituciones han cambiado nuestra visión del mundo, y la mutación que la aparición de un nuevo medio trae aparejada vuelve irrelevante el contenido de experiencia que éste pueda transferir. El medio es el mensaje, no importa tanto aquello que viene dado por la nueva extensión, corno la forma de la propia extensión. Cualquier cosa que uno escriba en la máquina de escribir será siempre menos importante que el modo radicalmente distinto de considerar la escritura al que nos habrá inducido la mecánica de la dactilografía. Que la aparición de la imprenta haya motivado la difusión popular de la Biblia depende del hecho de que toda aportación tecnológica «se suma a lo que ya somos», pero la imprenta habría podido difundirse en los países árabes y poner el Corán al alcance de todos, sin que hubiera cambiado el tipo de influencia que ha tenido en la sensibilidad moderna: la fragmentación de la experiencia intelectual en unidades uniformes y repetibles, la instauración de un sentido de la homogeneidad y de la continuidad que ha generado, después de algunos siglos, la cadena de montaje y ha presidido tanto la ideología de la era mecánica como la cosmología del cálculo infinitesimal. «El reloj y el alfabeto, al fragmentar el universo en segmentos visuales, han puesto término a la música de la interdependencia», han producido un hombre capaz de disociar las propias emociones de aquello que ve ordenado en el espacio; han creado el hombre especializado, habituado a razonar de modo lineal, libre respecto de la involucración tribal de las épocas «orales», en las que cada miembro de la comunidad forma parte de una especie de unidad indistinta que reacciona global y emotivamente a los acontecimientos cósmicos. La Imprenta (a la que Mc Luhan dedicó su quizás mejor obra, La galaxia de Gutenberg) es un típico medio caliente. Contrariamente a lo que la palabra podría sugerir, los medios calientes amplían a un alto poder de definición un único sentido (en el caso de la imprenta, la visión), saturando de datos al receptor, atiborrándole de informaciones precisas, pero dejándole libre en lo que concierne al resto de sus facultades. En cierto sentido lo hipnotizan, pero fijando uno de sus sentidos en un punto único. Los medios fríos, en cambio, proveen datos vagamente definidos, obligan al receptor a llenar los vacíos y comprometen así todos sus sentidos y facultades. Le vuelven copartícipe, pero bajo la forma de una alucinación global que lo compromete por entero. La prensa y el cine son calientes, la televisión es fría. Con el advenimiento de la electricidad, se crearon algunos fenómenos revolucionarios: ante todo, si es cierto que el medio es el mensaje, independientemente del contenido, la luz eléctrica se presentó por primera vez en la historia como un medio absolutamente desprovisto de contenido; en segundo lugar, la tecnología eléctrica, al sustituir no a un órgano separado sino al sistema nervioso central, ofreció como su producto primario la información. Los demás productos de la civilización mecánica, en una época de automatización, comunicaciones rápidas, economía crediticia y operaciones financieras, han pasado a ser secundarios respecto al producto información. La producción y compraventa de la información ha superado las propias diferencias ideológicas. Mientras tanto, el advenimiento del medio frío por excelencia, la televisión, ha destruido el universo lineal de la civilización mecánica, inspirada en el modelo gutenbergiano y ha reconstituido una especie de unidad tribal, de aldea primitiva. «La imagen televisiva es visualmente, escasa en datos. No es un fotograrna inmóvil. No es ni siquiera una fotografía, sino un perfil en continua formación de cosas pintadas por un pincel electrónico. La imagen televisiva ofrece al espectador alrededor de tres millones de pequeñísimos puntos por segundo, pero éste sólo admite algunas docenas de ellos a la vez, con los que construye una imagen... La TV, malla y mosaico, así corno no favorece la perspectiva en el arte, tampoco favorece la linealidad en el modo de vivir. Con su advenimiento desaparece de la industria la cadena de montaje como desaparecen las estructuras jerárquicas y lineales de los cuadros directivos de las empresas. Han desaparecido también las filas de hombres solos en los bailes, las líneas políticas de los partidos, los despliegues de personal en los hoteles a la llegada de un cliente y las costuras de las medias de nylon.. . El sentido visual, ampliado por el alfabetismo fonético, suscita la costumbre analítica de percibir un sólo aspecto de la vida de las formas. Nos permite aislar el incidente individual en el tiempo y el espacio como en el arte representativo... Y viceversa, el arte iconográfico se sirve de la vista como nosotros de la mano y trata de crear una imagen inclusiva compuesta de muchos momentos, fases y aspectos de la persona o de la cosa. El modo del icono no es pues ni representación visual, ni especialización del stress visual, es decir, de la visión desde una posición particular. El modo táctil de percibir es improvisado, no especializado. Es total, sinestésico y como tal implica todos los sentidos. El niño, empapado de la imagen en mosaico de la televisión, observa el mundo con un espíritu antitético del alfabetismo... Los jóvenes que han vivido un decenio de televisión han absorbido automáticamente un impulso a la implicación en profundidad, que hace que todos los lejanos objetivos visualizados de la cultura dominante se les aparezcan no sólo irreales sino irrelevantes y no sólo irrelevantes sino anémicos... Esta actitud cambiada no tiene nada que ver con los programas, y ocurriría lo mismo aunque todos los programas tuvieran el contenido cultural más alto... La tecnología eléctrica extiende el proceso instantáneo del conocimiento mediante la relación entre sus componentes, de manera análoga a como se desarrolla en el interior de nuestro sistema nervioso central. Esta misma velocidad constituye una unidad orgánica y pone término a la era mecánica que decididamente se puso en marcha con Gutenberg... Si está la electricidad para dar energía y sincronización, todos los aspectos de la producción, del consumo y de la organización se vuelven accidentales respecto a la comunicación ... » He, aquí un collage de citas que sintetiza las posiciones de Mc Luhan y, al mismo tiempo, ejemplifica sus técnicas argumentativas que, paradójicamente, son tan coherentes con la tesis como para sospechar de su validez. Tratemos de explicarlo mejor. La dominación de los medios fríos es típica de nuestro tiempo, envolvente y coparticipativo, y una de sus propiedades, como se ha dicho, es presentar configuraciones de escasa definición, que no son productos terminados, sino procesos y, por tanto, no una sucesión lineal de objetos, momentos y argumentos, sino una especie de totalidad y simultaneidad de los datos en cuestión. Si se transfiere esta realidad a la organización del discurso, no se obtendrá el discurso por silogismos, sino el discurso por aforismos. Los aforismos (como lo recuerda McLuhan) son incompletos y requieren por tanto una participación profunda. En tal sentido, el modo de argumentar que él emplea corresponde perfectamente al nuevo universo al que se nos invita a integrarnos. Universo que personas con Sedlmayr considerarían como el diabólico perfeccionamiento de la «pérdida del centro» (las nociones de centralidad y simetría pertenecen a la era de la perspectiva renacentista, gutenbergiana por excelencia), pero que para Mc Luhan constituye el «caldo» futuro en el que los bacilos de la contemporaneidad podrán desarrollarse en una medida desconocida para el bacilo alfabeta. Esta técnica, sin embargo, comporta ciertos defectos. El primero de ellos es que por cada afirmación McLuhan ofrece una opuesta, y ambas las asume como congruentes. En este sentido, su libro podría ofrecer argumentos válidos tanto para SedImayr y toda la cohorte de apocalípticos como para la anónima de los integrados, así como fragmentos para ser citados por un marxista chino que pretenda acusar a nuestra sociedad, y argumentos demostrativos para un teórico del optimismo neocapitalista. McLuhan ni siquiera se preocupa de considerar si son ciertos todos sus argumentos: se contenta con que sean. Lo que desde nuestro punto de vista podría parecer contradicción, desde la perspectiva de McLuhan es simplemente presencia simultánea. Pero, por el hecho de escribir un libro, McLuhan no logra sustraerse a la costumbre gutenbergiana de articular demostraciones consecuentes. Salvo que la consecuencialidad es ficción, y sólo nos ofrece la simultaneidad de argumentos como si se tratase de una sucesión lógica. En uno de los fragmentos citados, es tal la rapidez con que se pasa del concepto de linealidad en la organización de una empresa al concepto de linealidad en las mallas de una media que ese acercamiento no puede dejar de pasar por un nexo causal. Todo el libro de McLuhan está ahí para demostrarnos que la «desaparición de la cadena de montaje» y la «desaparición de las medias sin costura» no deben ser ligadas por un «por consiguiente», o por lo menos no por el autor del mensaje, sino por el receptor, que deberá completar los vacíos de esta cadena de baja definición. Pero el problema es que, en el fondo, McLuhan desea que pongamos el «por consiguiente», aunque sea por hábito gutenbergiano; sabe, además, que desde el momento en que veamos ambos datos alineados en la página impresa estaremos constreñidos a pensar en términos del “por consiguiente”. McLuhan exige una extrapolación y nos la impone de la manera más insidiosa e ilegítima que pueda imaginarse. Estamos en el colmo del cogito interruptus, que no sería interruptus si, consecuentemente, dejara de presentarse como cogito. Pero todo el libro de McLuhan se rige por el equívoco de un cogito que se niega argumentándose con los modos de la racionalidad negada. Si asistimos al advenimiento de una nueva dimensión del pensamiento y de la vida física, o ésta es total, radical ‑y ya ha vencido‑, y entonces ya no se puede escribir libros para demostrar el advenimiento de algo que ha vuelto inconcluyente cualquier libro; o bien el problema de nuestra época consiste en integrar las nuevas dimensiones del intelecto y de la sensibilidad con aquellas por las que se rigen todavía nuestros modos de comunicación" (incluida la comunicación televisiva que, en sus comienzos, todavía se organiza, estudia y programa en dimensiones gutenbergianas) y entonces la tarea de la crítica consiste en operar esa mediación y, por tanto, en traducir la situación de globalidad envolvente en los términos de una racionalidad gutenbergiana especializada y lineal. McLuhan ha comprendido recientemente que quizás no se debieran escribir más libros, y con El medio es el mensaje, su último «no‑libro», propone un discurso en el que la palabra se funde con las imágenes, y las cadenas lógicas son destruidas en favor de una propuesta sincrónica, visual‑verbal, de datos no razonados presentados vertiginosamente ante la inteligencia del lector. El problema es que, para poder entenderse por completo, El medio es el mensaje necesita de Understanding Media como código. Mc Luhan no rehuye la exigencia de la clarificación racional del proceso al que asistimos, pero desde el momento en que se somete a las exigencias del cogito está obligado a no interrumpirlo. La primera víctima de esta situación equívoca es el propio Mc Luhan que no se limita a alinear datos inconexos como si fueran conexos, sino que llega incluso a esforzarse en presentarnos unos datos en apariencia inconexos y contradictorios, mientras él los considera ligados por operaciones lógicas, salvo que el pudor le impide mostrárnoslas en acción. Léase, por ejemplo, el siguiente fragmento, en el que hemos intercalado números entre paréntesis para separar las diversas proposiciones: «Parece contradictorio que el poder fragmentario y separador del mundo analítico occidental deba derivarse de una acentuación de la facultad visual. (1) El sentido de la vista es también responsable de la costumbre de ver todas las cosas como algo continuo y conexo. (2) La fragmentación mediante el stress visual se verifica en un momento aislado en el tiempo, o en un aspecto aislado en el espacio, que va más allá del poder del tacto, del oído, del olfato y del movimiento. (3) Al imponer relaciones no visualizables, que son consecuencia de la velocidad instantánea, la tecnología eléctrica destrona el sentido de la vista y nos restituye la sinestesia y las estrechísimas implicaciones entre los demás sentidos. » Tratemos de leer ahora este pasaje incomprensible insertando en los puntos señalados estas conexiones: 1) En efecto; 2) Sin embargo; 3) Por el contrario. Y se verá que el razonamiento fluye, por lo menos formalmente. Sin embargo, todas estas observaciones se refieren sólo a la técnica expositiva. Más graves resultan los casos en que el autor pone en escena verdaderas trampas argumentativas, que pueden resumirse dentro de una categoría general definible en términos caros a aquellos escolásticos que Mc Luhan, antiguo comentador de santo Tomás, debería conocer e imitar: el equívoco en la suppositio de los términos, es decir, la definición equívoca. El hombre gutenbergiano, y antes de él el hombre alfabeta, nos había enseñado por lo menos a definir con exactitud los términos de nuestro discurso. Evitar definirlos para «implicar» más al lector puede ser una técnica (¿qué otra cosa es la voluntaria ambigüedad del discurso poético?), pero en otros casos resulta un truco de mago sabihondo. No hablemos de la conmutación desenvuelta de las connotaciones habituales de un término, por la que caliente significa «capaz de permitir el distanciamiento crítico» y frío, «implicante»; visual significa «alfabético» y táctil significa «visual»; distanciamiento significa «empeño crítico» y participación, «desempeño alucinatorio»; y así por el estilo. En tal sentido nos hallaríamos aún a nivel de una regeneración voluntaria de la terminología con fines provocativos. Veamos, en cambio, a título de ejemplo, otros juegos definidores más criticables. No es cierto que «todos los medios son metáforas activas en tanto tienen el poder de traducir la experiencia bajo formas nuevas». Un medio, por ejemplo la lengua hablada, traduce de otra forma la experiencia, porque constituye un código. Una metáfora, en cambio, es la sustitución, en el interior de un código, de un término por otro, en virtud de una similitud instituida y luego encubierta. Pero la definición del medio como metáfora encubre también una confusión sobre la definición del medio. Decir que éste representa «una extensión de nosotros mismos» significa todavía poco. La rueda amplía las capacidades del pie, y la palanca, las del brazo, pero el alfabeto reduce, según criterios de economía particular, las posibilidades de los órganos de fonación para permitir una cierta codificación de la experiencia. El sentido en que la imprenta es un medio no es el mismo en el que lo es la lengua. La imprenta no transforma la codificación de la experiencia, respecto a la lengua escrita, aunque favorezca su difusión e incremente ciertas evoluciones en el sentido de la precisión, estandarización, etc. Afirmar que «el lenguaje hace por la inteligencia lo que hace la rueda por los pies o por el cuerpo: permite que los hombres se desplacen de una cosa a otra con más facilidad, una mayor desenvoltura y una participación cada vez menor» no es más que un golpe de efecto. Todo el razonamiento de Mc Luhan está dominado por una serie de equívocos gravísimos para un teórico de la comunicación, por los que no se establecen diferencias entre el canal de comunicación, el código y el mensaje. Decir que la calle y la lengua escrita son medios significa poner en un mismo nivel un canal y un código. Decir que la geometría euclidiana y un vestido son medios, significa igualar un código (un modo de formalizar la experiencia) con un mensaje (un modo de significar un contenido, algo que quiero decir basándome en convenciones vestimentarias). Decir que la luz es un medio significa no darse cuenta de que juegan aquí por lo menos tres acepciones de «luz»: 1) la luz como señal (transmito impulsos que en base al código morse significarán mensajes particulares); 2) la luz como mensaje (la luz encendida en la ventana del amante que significa «ven»); 3) la luz como canal de otra comunicación (si la luz está encendida en la calle, puedo leer el cartel fijado en la pared). En estos tres casos, la luz reviste funciones diferentes y sería muy interesante estudiar las constantes del fenómeno bajo aspectos tan distintos, o la aparición, en virtud de esos tres usos tan diferentes, de tres fenómenos luz. En conclusión, fórmula afortunada y ahora célebre: «El medio es el mensaje» se revela ambigua y grávida de una serie de fórmulas contradictorias. Así, puede significar: 1) La forma del mensaje es el verdadero contenido del mensaje (que es la tesis de la literatura y de la crítica de vanguardia). 2) El código, es decir, la estructura de una lengua ‑o de otro sistema de comunicación‑ es el mensaje (que es la célebre tesis antropológica de Benjamin Lee Whorf, para quien la visión del mundo viene determinada por la estructura de la lengua). 3) El canal es el mensaje (es decir, el medio físico elegido para transportar la información determina sea la forma del mensaje, sea sus contenidos o la estructura misma de los códigos; idea bien conocida en estética, disciplina donde se sabe que la elección de la materia artística determina las cadencias del espíritu y el propio argumento). Todas estas fórmulas muestran a Mc Luhan que no es verdad que los estudiosos de la información, como él afirma, hayan considerado sólo el contenido de la información sin ocuparse de los problemas formales. Aparte del hecho de que también aquí Mc Luhan juega con los términos y usa la palabra «contenido» en dos acepciones diferentes (para él significa «lo que se dice», mientras que para la teoría de la información significa “el número de elecciones binarias necesarias para decir algo”), se descubre que la teoría de la comunicación, al formalizar las diferentes fases del paso de información, ha ofrecido unos instrumentos útiles para diferenciar fenómenos que son diferentes y se consideran diferentes. Al unificar estos diversos fenómenos en su fórmula, Mc Luhan ya no nos dice nada útil. En efecto, descubrir que el advenimiento de la máquina de escribir, al permitir a las mujeres entrar en las empresas como dactilógrafas, puso en crisis a los fabricantes de escupideras, sólo significa repetir el obvio principio de que toda tecnología nueva impone cambios en el cuerpo social. Pero ante estos cambios resulta sumamente útil comprender si se producen en virtud de un nuevo canal, de un nuevo código, de un nuevo modo de articular el código, de las cosas que el mensaje dice articulando el código, o del modo en que un determinado grupo está dispuesto a acoger el mensaje. He aquí, entonces, otra propuesta: el medio no es el mensaje; el mensaje se convierte en aquello que el receptor lo convierta adaptándolo a sus propios códigos de recepción, que no son los del emisor ni los estudiosos de la comunicación. El medio no es el mensaje, porque para el jefe caníbal el reloj no es voluntad de espacializar el tiempo, sino un adorno cinético para lucir colgado del cuello. Si el medio fuera el mensaje no habría nada que hacer (los apocalípticos lo saben): estamos regidos por los instrumentos que hemos creado. Pero el mensaje depende de la lectura que se le dé; en el universo de la electricidad, todavía hay lugar para la guerrilla: se diferencian las perspectivas de recepción, pero no se toma por asalto la televisión, sino el primer asiento ante cada televisor. Puede ocurrir que lo que afirma Mc Luhan (junto con los apocalípticos) sea verdad, pero, en tal caso, se trata de una verdad muy perjudicial: y puesto que la cultura tiene la posibilidad de construir otras verdades, vale la pena proponer una que sea más productiva. Por último, tres preguntas sobre la oportunidad de leer a McLulian: ¿Se puede hacer el esfuerzo de leer Understanding Media? Sí, porque el autor nos asalta con un enorme montón de datos, aunque la información central que nos proporciona es una sola: el medio es el mensaje; información que su autor repite con una obstinación ejemplar y con una fidelidad absoluta a los ideales del discurso de las sociedades orales y tribales al que nos invita: «Todo el mensaje se repite muchas veces en los círculos de una espiral concéntrica y con una aparente redundancia.» Una única observación: la redundancia no es aparente, es real. Como en los mejores productos de entretenimiento de masas, la ronda vertiginosa de informaciones colaterales sólo sirve para hacer apetecible una estructura central repetida a ultranza, de modo que el lector reciba siempre y únicamente aquello que ya sabe (o comprende). Los signos que McLuhan lee se refieren todos a algo que nos es dado desde el principio. ¿Una vez leídos autores como SedImayr, vale la pena leer a autores como Mc Luhan? Sinceramente, sí. Es verdad que, cambiando el signo algebraico, ambos dicen lo mismo (a saber: los medios no transmiten ideología, son ellos mismos ideología), pero el énfasis visionario de Mc Luhan no es plañidero, sino excitante, divertido y enloquecido. Hay algo bueno en Mc Luhan, como lo hay en los fumadores de porros y en los hippies. Está por verse qué cosas combinarán todavía. ¿Es científicamente productivo leer a Mc Luhan? Embarazoso problema, pues hay que guardarse de liquidar a la luz del buen sentido académico a quien escribe los cánticos de hermana electricidad. ¿Qué se esconde de fecundo bajo esta perpetua erección intelectual? Mc Luhan no se limita a decirnos: «47, el muerto que habla», sino que además hace afirmaciones que, si bien siempre por cábala, son del tipo «77, piernas de mujer»: en cuyo caso no hay un parentesco del todo inmotivado como en el primero, sino una cierta homología estructural. Y la búsqueda de homologías estructurales sólo da miedo a las mentes reprimidas y a los alfabetas incapaces de ver más allá de sus propios abecedarios. Cuando Panofsky descubre una homología estructural entre la planta de las catedrales góticas y la forma de los tratados de teología medievales, trata de parangonar dos modus operandi que dan vida a unos sistemas relacionales reducibles a un mismo diagrama, a un único modelo formal. Y cuando McLuhan ve una relación entre la desaparición de la mentalidad gutenbergiana y ciertos modos de concebir las estructuras organizativas de una manera lineal y jerarquizante, trabaja indudablemente en el mismo nivel de felicidad heurística. Pero cuando añade que el mismo proceso ha conducido a la desaparición de las filas de servidores a la llegada de los clientes a los hoteles, comienza a entrar en el reino de lo inverificable, y cuando llega a la desaparición de las costuras verticales de las medias de nylon, entra en el reino de lo imponderable. Cuando después juega cínicamente con las opiniones corrientes, sabiendo que son falsas, entonces nos hace sospechar: puesto que Mc Luhan sabe que un cerebro electrónico efectúa muchísimas operaciones a velocidad instantánea, en un solo segundo, pero también sabe que este hecho no le permite afirmar que «la sincronización instantánea de numerosas operaciones ha puesto fin al viejo esquema mecánico que dispone las operaciones en una secuencia lineal»; en efecto, la programación de un cerebro electrónico consiste justamente en la predisposición de secuencias lineales de operaciones lógicas descompuestas en señales binarias; si hay algo poco tribal, implicante, policéntrico, alucinatorio y no gutenbergiano es justamente la tarea del programador. No es lícito aprovecharse de la ingenuidad del humanista medio, que sólo conoce el cerebro electrónico por los libros de ciencia ficción. Precisamente en la medida en que su discurso presenta intuiciones muy válidas pidamos a Mc Luhan que no nos haga el juego de las tres cartas. Sin embargo, conclusión más bien melancólica, el éxito mundano de su pensamiento se debe precisamente a esa técnica de la no definición de los términos y a esa lógica del cogito interruptus que tanta resonancia ha otorgado incluso a los apocalípticos y que los periódicos bienpensantes divulgan en pequeños caracteres en tercera página. En este sentido, McLuhan tiene razón, el hombre gutenbergiano ha muerto, y el lector busca en el libro un mensaje de baja definición en el que sumergirse de manera alucinatoria. En este punto, ¿no es mejor entonces mirar la televisión? Que la televisión es mejor que SedImayr está fuera de duda; las iras de Mike Buongiorno contra la pintura «futurista» de Picasso son más sanas que los lloriqueos sobre el arte degenerado. En cuanto a Mc Luhan, el caso es diferente: las ideas, aun cuando se nos vendan de manera desordenada, sin separar las buenas de las malas, dan lugar a otras ideas, aunque sólo sea para refutarlas. Lean a Mc Luhan, pero después traten de explicarlo a sus amigos. Así se verán obligados a elegir una secuencia y saldrán de la alucinación. 1967
La estrategia de la ilusión. Editorial Lumen/Ediciones de la Flor. 1987. Buenos Aires.
Gentileza Lic. Viviana Taboada
Hace poco se ha traducido al italiano el libro de Kate Tuckett Conspiracy Theories, donde, como se queja Ranieri Polese en una reseña del diario Il Corriere della Sera, la autora se ocupa de una gran cantidad de presuntas conspiraciones (desde los Templarios hasta la muerte de Mozart, desde el asesinato de Kennedy hasta la muerte de Lady Di), pero se olvida quizá del mayor ejemplo de construcción de un complot mundial, los tristemente famosos y falsos Protocolos de los Sabios de Sión. La ausencia es irritante y valdría la pena que se reimprimiera a menudo el viejo El mito de la conspiración judía mundial: los Protocolos de los Sabios de Sión, de Norma Cohn, que en 1967 escribió palabras definitivas sobre el pseudocomplot judío.
“Protocolos” aparte, el síndrome del complot es tan antiguo como el mundo, y quien ha trazado de forma soberbia su filosofía ha sido Karl Popper, en un ensayo sobre la teoría conspiracional de la sociedad, que se encuentra en Conjeturas y refutaciones. “Esta teoría, más primitiva que la mayoría de las diversas formas de teísmo, es afín a la teoría de la sociedad de Homero. Este concebía el poder de los dioses de tal manera que todo lo que ocurría en la llanura situada frente a Troya era sólo un reflejo de las diversas conspiraciones del Olimpo. La teoría conspiracional de la sociedad es justamente una variante de este teísmo, de una creencia en dioses cuyos caprichos y deseos gobiernan todo. Proviene de la supresión de Dios, para luego preguntar: «¿Quién está en su lugar?». Su lugar lo ocupan entonces diversos hombres y grupos poderosos, grupos de presión siniestros que son los responsables de haber planeado la Gran Depresión y todos los males que sufrimos... Por ejemplo, cuando Hitler llegó al poder, como creía en el mito de la conspiración de los Sabios Ancianos de Sión, trató de desbaratar su conspiración con su propia contraconspiración.”
La interpretación en plan sospecha nos absuelve de alguna manera de nuestras responsabilidades porque nos hace pensar que se esconde un secreto detrás de lo que nos preocupa, y que la ocultación de este secreto constituye un complot en contra de nosotros. Creer en el complot es un poco como creer que uno se cura por un milagro, salvo que en este caso no se intenta explicar una amenaza, sino un inexplicable golpe de suerte.
Lo bueno es que, en la vida cotidiana, no hay nada más transparente que el complot y el secreto. Un complot, si es eficaz, antes o después crea sus propios resultados y se vuelve evidente. Y lo mismo dígase del secreto, que no sólo suele ser revelado por una serie de “gargantas profundas”, sino que, se refiera a lo que se refiera, si es importante antes o después sale a la luz. Complots y secretos, si no salen a la superficie, es que o eran complots torpes o eran secretos vacíos. La fuerza del que anuncia que posee un secreto no está en su ocultar algo, sino en hacer creer que hay un secreto. En ese sentido, secreto y complot pueden ser armas eficaces precisamente en las manos de los que no creen en ellos.
Georg Simmel, en su célebre ensayo sobre el secreto, recordaba que el secreto otorga al que lo posee una posición excepcional, puesto que es independiente de su contenido, mientras que, en cambio, resulta tanto más eficaz cuanto más vasta y significativa es su posesión exclusiva. Ante lo desconocido, el impulso natural a la idealización y el temor, también natural, del hombre cooperan con la misma finalidad: intensificar lo desconocido mediante la imaginación para considerarlo con una intensidad que no suele estar reservada a las realidades evidentes.
Consecuencia paradójica: detrás de cada falso complot quizá se oculte siempre el complot de alguien que tiene todo el interés en presentárnoslo como verdadero.
La Nación 15 - 04 - 2007
Sabemos bastante sobre cela (el libro), pero no sabemos lo que queremos decir con ceci (el ordenador). ¿Un instrumento mediante el cual una gran cantidad de información será proporcionada cada vez más por íconos? ¿Un instrumento sobre el que se puede leer y escribir sin necesidad del soporte en papel? ¿Un medio gracias al cual se podrán tener experiencias hipertextuales desconocidas? (...)La idea de que algo acabará con otra cosa es muy antigua, y desde luego se produjo antes de Hugo y antes de los últimos miedos medievales de Frollo. Según Platón (en el Fedro), Theut, o Hermes, el supuesto inventor de la escritura, presenta su invento al faraón Thamus, alabando la nueva técnica que permitirá a los humanos recordar lo que de otro modo olvidarían. Mi habilidoso Theut, dijo el faraón, la memoria es un gran don que debería mantenerse vivo entrenándolo continuamente. Con vuestro invento, la gente ya no se verá obligada a entrenar la memoria. Recordarán las cosas, no debido a un esfuerzo interno, sino gracias simplemente a algo externo.Podemos comprender la preocupación del faraón. La escritura, como cualquier otro invento tecnológico, hubiera hecho innecesario el poder humano al que sustituía y reforzaba, así como los coches nos hacen menos proclives a caminar. La escritura era peligrosa porque disminuía los poderes de la mente, ofreciendo a los humanos un alma petrificada, una caricatura de la mente, una memoria vegetal.El texto de Platón es irónico, naturalmente. Platón estaba escribiendo su propio argumento contra la escritura. Pero pretendía hacer creer que su discurso era relatado por Sócrates, que no escribía (parece académicamente obvio que murió porque no publicó). Por tanto, estaba expresando un miedo que todavía sobrevivía en su época. Pensar es un asunto interno. El auténtico pensador no permite que los libros piensen por él.Hoy en día, nadie comparte estos miedos, por dos razones muy simples. Primero, sabemos que los libros no hacen que otro piense por nosotros; al contrario, son artefactos que nos hacen pensar. Tan solo después del invento de la escritura fue posible escribir una obra de arte sobre la memoria espontánea como En búsqueda del tiempo perdido de Proust. En segundo lugar, si, en su día, la gente necesitaba entrenar su memoria para recordar cosas, después del invento de la escritura también tenían que entrenar su memoria para recordar libros. Los libros desafían y mejoran la memoria. No la narcotizan (...)Nuestra cultura contemporánea no está específicamente orientada hacia la imagen. Tomemos por ejemplo la cultura griega o medieval. En aquella época, la cultura escrita estaba reservada a una élite restringida y la mayoría de la gente era educada, informada y convencida (religiosa, política, éticamente) a través de imágenes. Podemos decir que mucha gente se pasa el día viendo la televisión y nunca lee un libro, y se trata desde luego de un problema social y educacional, pero a menudo olvidamos que esas mismas personas, hace algunos siglos, veían como mucho unas cuantas imágenes estándares y eran completamente analfabetas.A menudo nos confunde la crítica que los medios de comunicación de masas hacen de los mismos medios, y que resulta superficial y siempre tardía. Los medios de comunicación siguen repitiendo que nuestro período histórico está, y estará cada vez más, dominado por las imágenes. Esa fue la primera falacia de McLuhan, y los periodistas han leído a McLuhan demasiado tarde. La actual y las futuras generaciones de jóvenes estarán orientadas hacia el ordenador. La característica principal de una pantalla de ordenador es que alberga y muestra más letras que imágenes. La nueva generación se acercará al alfabeto más que a las imágenes (...)Durante los años ochenta, se publicaron en Estados Unidos algunos sesudos y alarmistas informes sobre el declive de la cultura escrita. Una de las razones para el último crack de Wall Street (que selló el final de la era Reagan) fue, según muchos observadores, no sólo la exagerada confianza en los ordenadores sino también el hecho de que ningún yuppie que controlaba el mercado de valores había estudiado a fondo el crack de 1929. No sabían manejar una crisis porque carecían de información histórica. Si hubieran leído algún libro sobre el martes negro, sus decisiones hubieran sido más sabias y habrían evitado muchos peligros conocidos.Pero me pregunto si los libros hubieran sido el único vehículo fiable para adquirir información. Hace años, la única manera de aprender otro idioma (además de viajar al extranjero) era estudiar en un libro. En la actualidad, nuestros hijos a menudo aprenden escuchando discos, viendo películas en versión original o descifrando las instrucciones de una lata de refrescos. Lo mismo ocurre con la información geográfica. En mi infancia, conseguía mi mejor información sobre países exóticos, no de los libros de texto sino leyendo novelas de aventuras (Julio Verne, por ejemplo, o Emilio Salgari o Karl May). Mis hijos han entrado en contacto mucho antes que yo con el mismo tema viendo películas de cine y televisión.La incultura de los yuppies no se debía únicamente a una exposición insuficiente a los libros, sino también a una forma de incultura visual. Los libros sobre el crack de 1929 existen y se siguen publicando (en todo caso se puede culpar a los yuppies de no frecuentar las librerías), mientras que al cine y la televisión no les interesa el análisis riguroso de acontecimientos históricos. Uno puede aprender perfectamente la historia del Imperio Romano a través de las películas, siempre que sean correctas desde el punto de vista histórico. El error de Hollywood no fue haber opuesto sus películas a los libros de Tácito o Gibbon, sino haber impuesto una versión romántica y caricaturesca de Tácito y Gibbon. El problema de los yuppies no es sólo que ven películas en lugar de leer libros; es que la televisión es el único sitio donde alguien sabe quién fue Gibbon.Hoy en día, el concepto de cultura abarca a muchos medios. Una política cultural acertada debe tener en cuenta la posibilidad de todos esos medios. Hay que equilibrar tareas y responsabilidades. Si para aprender un idioma es mejor hacerlo con casetes que con libros, adelante. Si una presentación de Chopin con su correspondiente comentario en los CD ayuda a que la gente entienda mejor su música, no importa que no compren cinco volúmenes de la historia de la música (...)Debray ha observado que el hecho de que la civilización hebrea se basara en el libro tiene mucho que ver con el hecho de que fuera una civilización nómada. Creo que esto es muy importante. Los egipcios podían grabar su historia en obeliscos de piedra, Moisés no. Para cruzar el mar Rojo, un libro es un instrumento más práctico para recoger la sabiduría. Por cierto, otra civilización nómada, la árabe, se basaba en el libro, y daba más importancia a la escritura que a las imágenes.Pero los libros también tienen una ventaja con respecto a los ordenadores. Aunque impresos en papel ácido, que sólo dura setenta años, aproximadamente, son más duraderos que los soportes magnéticos. Además, no sufren cortes de corriente y son más resistentes a los golpes. Al menos hasta ahora, los libros todavía representan la forma más barata, flexible y práctica de transportar información a muy bajo costo. (...)La gente desea comunicarse con los demás. En las antiguas comunidades lo hacían oralmente; en una sociedad más compleja lo intentaban hacer con la imprenta. Muchas personas no quieren publicar; sólo quieren comunicarse. El hecho de que en el futuro lo hagan por correo electrónico o por Internet será una gran bendición para los libros y para la cultura y el mercado del libro. Consideremos una librería. Hay demasiados libros. Yo recibo demasiados libros todas las semanas. Si los ordenadores consiguen reducir la cantidad de libros publicados, supondría una avance cultural enorme (...)Hay una idea curiosa según la cual cuanto más se dice en lenguaje verbal, más profundo y perceptivo se es. Mallarmé nos dijo que basta con decir une fleur para evocar un universo de fragancias, formas y pensamientos. Ocurre a menudo en poesía que menos palabras dicen más cosas. Tres líneas de Pascal dicen más que trescientas páginas de un largo y tedioso tratado sobre la moral y la metafísica. La búsqueda de una nueva y superviviente cultura no debería ser la búsqueda de una cantidad preinformática. Los enemigos de lo literario están escondidos en otra parte.Me da la impresión de que en estos tiempos nos enfrentamos a tres concepciones distintas de hipertexto. El problema es ¿qué representa un documento de hipertexto? Aquí debemos hacer una cuidadosa distinción, primero, entre sistemas y textos. Un sistema (por ejemplo, un sistema lingüístico) es la totalidad de las posibilidades desplegadas por un determinado lenguaje natural. En este marco, contiene el principio de semiosis ilimitada, como lo definió Peirce. Cada objeto lingüístico se puede interpretar en función de otros objetos lingüísticos o semióticos, una palabra por una definición, un acontecimiento por un ejemplo, un tipo natural por una imagen, etcétera. El sistema es tal vez finito pero ilimitado. Uno se desplaza en un movimiento tipo espiral ad infinitum. En este sentido, desde luego todos los libros posibles están comprendidos por y dentro de un buen diccionario. Si uno es capaz de usar el Third de Webster, se puede escribir El paraíso perdido y Ulises. Desde luego, si se concibe de dicho modo, el hipertexto puede transformar a cada lector en autor. Si se da el mismo sistema de hipertexto a Shakespeare y Dan Quayle, tienen las mismas posibilidades de producir Romeo y Julieta.Puede resultar bastante difícil producir hipertexto tipo sistema. Sin embargo, si tomamos la Horizons Unlimited Enciclomedia, las mejores interpretaciones del siglo XVII están virtualmente comprendidas dentro de ella. Depende de nuestra habilidad para descifrar sus vínculos preexistentes. Dado el sistema hipertextual, depende de nosotros convertirnos en Gibbon o en Walt Disney. De hecho, incluso antes del invento del hipertexto, con un buen diccionario un escritor podía diseñar cada posible libro o historia o poema o novela.Pero un texto no es un sistema enciclopédico o lingüístico. Un determinado texto reduce las posibilidades infinitas o indefinidas de un sistema para formar un universo cerrado. Finnegans Wake está desde luego abierto a muchas interpretaciones, pero es seguro que nunca nos proporcionará la prueba del último teorema de Fermat, o la completa bibliografía de Woody Allen. Esto parece trivial, pero el error radical de desconstrucciones irresponsables o de críticos como Stanley Fish era creer que se puede hacer lo que se quiera con un texto. Con un sistema como el hipertexto basado en el Third de Webster y la Enciclopedia Británica sí se puede. Con un hipertexto unido al universo de Tomás de Aquino, no. Un hipertexto textual es finito y limitado, aunque abierto a innumerables y originales consultas.Luego está la tercera posibilidad. Podemos pensar que los hipertextos son ilimitados e infinitos. Cada usuario puede añadir algo, y se puede crear una especie de historia inacabada al estilo del jazz. En este punto, la noción clásica de autoría desaparece y tenemos una nueva forma de aplicar la libre creatividad. Como autor de Obra Abierta, sólo puedo aclamar dicha posibilidad. Sin embargo, existe una diferencia entre poner en práctica la actividad de producir textos y la existencia de textos producidos. Tendremos una nueva cultura en la que habrá una diferencia entre producir infinitos textos e interpretar con precisión un número finito de textos. Eso es lo que ocurre en la cultura actual, en la que evaluamos de forma distinta una actuación registrada de la Quinta de Beethoven y un nuevo ejemplo de una jam session de Nueva Orleans.Estamos caminando hacia una sociedad más liberada, en la que la libre creatividad coexistirá con la interpretación textual. Me gusta eso. El problema está en decir que hemos reemplazado algo viejo por otra cosa; tenemos ambas, gracias a Dios.(...)A mi entender, la verdadera oposición no es entre ordenadores y libros, o entre escritura electrónica y escritura impresa o manual. He mencionado la primera falacia de McLuhan, según la cual la galaxia visual ha sustituido a la galaxia de Gutenberg. La segunda falacia de McLuhan es la declaración de que vivimos en una nueva aldea global electrónica. Desde luego vivimos en una nueva comunidad electrónica, bastante global, pero no es una aldea, si por ello se entiende un asentamiento humano donde la gente interactúa directamente entre sí. El verdadero problema de una comunidad electrónica es la soledad. El nuevo ciudadano de esta nueva comunidad es libre para inventar nuevos textos, anular el concepto tradicional de autoría y eliminar las tradicionales divisiones entre autor y lector. Pero sabemos que la lectura de ciertos textos (por ejemplo, la Enciclopedia de Diderot) produjo un cambio en el estado de cosas europeo. ¿Qué ocurrirá con Internet y la World Wide Web?¿Pueden los ordenadores poner en práctica, no una red de contactos uno a uno entre almas solitarias, sino una auténtica comunidad de sujetos interactuantes? Pensemos en lo que ocurrió en 1968. Utilizando los sistemas de comunicación tradicionales como la prensa, la radio y los mensajes mecanografiados, toda una generación, desde EE.UU. a Francia, de Alemania a Italia, fue partícipe de una batalla común. No intento evaluar política o éticamente lo que ocurrió, sólo estoy señalando que ocurrió. Varios años más tarde, una nueva ola estudiantil revolucionaria emergió en Italia, no una basada en dogmas marxistas como la anterior. Su principal característica era que se produjo por fax, entre una universidad y otra. Se puso en práctica una nueva tecnología, pero los resultados fueron bastante pobres.Hace poco, en Italia, el gobierno trató de imponer una nueva ley que ofendía los sentimientos del pueblo italiano. La principal reacción fue enviada por fax y, a la luz de tantos faxes, el gobierno se sintió obligado a cambiar esa ley. Ese es un buen ejemplo del poder revolucionario de las nuevas tecnologías de la comunicación. Pero entre los faxes y la abolición de la ley, ocurrió algo más. Por aquella época, yo estaba viajando y sólo vi una fotografía en un periódico extranjero. Retrataba a un grupo de jóvenes reunidos frente al Parlamento y desplegando provocativos pósteres. No sé si sólo con los faxes hubiera sido suficiente. Desde luego, la circulación de faxes produjo un nuevo tipo de contacto interpersonal y, gracias a ellos, la gente entendió que ya era hora de reencontrarnos.En el origen de esta historia sólo había un ícono, la sonrisa de Berlusconi, que convenció visualmente a tantos italianos para que lo votaran. Después de eso, todos sus oponentes se sintieron frustrados y marginados. El Hombre Mediático había ganado. Entonces, enfrentados a una insoportable provocación, disponían de una nueva tecnología que daba a la gente el sentido de su insatisfacción así como de su fuerza. Entonces llegó el momento en que muchos salieron de su soledad del fax y se volvieron a encontrar. Y ganaron.Es bastante difícil hacer una teoría basada en un solo episodio, pero me permito utilizar este ejemplo como alegoría. Cuando una secuencia multimedia integrada de acontecimientos consigue devolver a la gente a una realidad no virtual, puede ocurrir algo nuevo.
Clarín - 27- 09 - 1998
Reseña de Oaamooaa pf Uuaanoaa (Universidad de Aldebarán)
El título exacto de esta notable obra del estudioso marciano Taowr Shz, transcripto a nuestro alfabeto de Aldebarán, sonaría poco más o menos como Hg Kopyassaae y podríamos por lo tanto traducirlo como "El enigma del siglo XX terrestre develado por medio de documentos captados en el espacio después de la destrucción de aquel planeta". Taowr Shz es un antropólogo espacial conocido no sólo en toda la Galaxia poblada, sino también en algunas estrellas de la Gran Nube de Magallanes. La suya es, como merece recordarse, la famosa obra en la que, algunos años atrás, nuestro autor logró demostrar de modo impecable cómo no puede haber vida orgánica en el Sol, a causa de los procesos de fusión fría que constituyen su masa incandescente. Resulta curiosa la situación de este gran estudioso, conocido en gran parte del Universo, pero que desconoce su notoriedad, porque, como los lectores saben muy bien, mientras que nuestras avanzadas tecnologías nos permiten desde hace largo tiempo captar mensajes provenientes del sistema solar, la relación no es simétrica, ya que aun planetas también de avanzada tecnología como Marte permanecen a oscuras en nuestro monitoreo.
Para el conocimiento del sistema solar es esencial la mediación de Marte, porque nuestros sistemas IEC (Intrusión Espacial Comunicativa) nos permiten captar a lo sumo señales provenientes de aquel planeta, mientras que quedan fuera de nuestro monitoreo los cuerpos más internos del sistema, o sea, los más cercanos al Sol, como la Tierra, Venus y Mercurio. Por otro lado, el mismo Marte ha logrado captar señales provenientes de la Tierra sólo recientemente, y en particular en los últimos decenios, prácticamente después de que -según la versión de los marcianos- la vida sobre la Tierra ya se había extinguido. Lo que podemos saber sobre la Tierra proviene de una recolección casi casual de noticias captadas, por así decir, por los científicos marcianos, y "hurtadas" por nosotros a aquellos estudiosos, si se nos permite la expresión.
El trabajo de los marcianos, basado ciertamente en arduas conjeturas elaboradas sobre la base de datos muy incompletos, ha sido posible gracias al hecho de que, en los últimos años de vida, los terrestres habían elaborado un sistema de comunicación que cubría todo su globo, llamado Internet en el idioma local. Pero inicialmente este sistema se valía de canales internos del planeta, llamados "cables". Sólo cuando el sistema se desarrolló por vía aérea, gracias a un sistema de captación y redistribución satelital, fue posible interceptar las señales de los terrestres con los sistemas IEC marcianos. Pero justo cuando empezaba una profusa recolección de datos, aún por interpretar, la vida en el planeta se apagó, alrededor del año que, según las cronologías terrestres, era designado como 2020.
La reconstrucción marciana estaba obstaculizada por el hecho de que el sistema de comunicación terrestre llamado Internet emitía cualquier tipo de dato y se presentaba como impermeable a cualquiera de nuestros criterios de selección. Podían aparecer allí noticias e imágenes sobre el pasado de la Tierra, datos tal vez científicos de difícil desciframiento (por ejemplo, los provenientes de una fuente llamada www.bartezzaghi.com) [N. de T.: Bartezzaghi es un conocido autor italiano de crucigramas y enigmas en general], listas de obras de publicación reciente (como los de una Bibliopoly. The multilingual database of rare and antiquarian books and manuscripts for sale . Por antiquarian books se debe entender, quizás, "comunicaciones de gran actualidad"), manuales de estudios anatómicos avanzados sobre las técnicas de acoplamiento terrestres en edades muy antiguas (véanse Penthouse.com y Playboy.com), mensajes cifrados producidos tal vez por servicios secretos (como por ejemplo: "te amo boludoÉ" o "te juro, por ahí me había quedado algo atravesado en el estómagoÉ, nunca me había pasado, volvé, te lo suplico. Lalo").
Nótese además que, mientras que había sido posible captar de inmediato mensajes alfabéticos -para los cuales los descifradores marcianos habían elaborado manuales de traducción con bastante prontitud-, había sido más difícil captar imágenes, que se debían traducir por medio de un protocolo especial, ya que, mientras que la comunicación verbal de la Tierra era de índole analógica, la visual era de índole digital.
En todo caso, por fatigosas e imprecisas que sean las conjeturas marcianas, he aquí lo que probablemente habría sucedido en la Tierra. Desde hace alrededor de cinco mil de nuestros años (tal vez algunos millones de los de ellos), floreció sobre el planeta una vida inteligente, representada por seres llamados "humanos" que, como confirma una gran cantidad de imágenes captadas en sucesión, eran más o menos iguales a nosotros. Aquella civilización se difundió por todo el planeta construyendo curiosos conglomerados de construcciones artificiales, en las que a los terrestres les gustaba vivir, con un gradual empobrecimiento de los recursos naturales. En una fase muy cercana a la extinción, se produjo un "agujero" en la atmósfera (bastante parecida a la nuestra) que envolvía todo el planeta, lo que causó sucesivamente una elevación de la temperatura, la disolución de las grandes masas de H2O en estado sólido sobre los casquetes del globo, una gradual elevación de H2O en estado líquido y la desaparición de las tierras no cubiertas por H2O. Los últimos mensajes captados (y todavía sin terminar de interpretar) hablan de una "reunión de emergencia del G8 en los fiordos de Courmayeur" y de un "encuentro de emergencia de los presidentes Umbala Nbana, Chung Lenin González Smith y de Su Santidad Platinette II en el puerto del Monte Everest". Después de esto, el silencio.
¿Cómo eran los terrestres antes de la extinción? Este es el tema del libro de Taowr Shz que estamos reseñando, aunque no podamos hojear con emoción sus hojas de amianto. Del mare magnum de Internet han podido captarse numerosas imágenes, fechadas en relación con la cronología terrestre, y que por lo tanto podemos atribuir a los diversos siglos anteriores a la extinción humana. Una imagen llamada Apolo del Belvedere nos informa que sus mujeres, en la adolescencia, eran de cuerpo esbelto y de bellas proporciones, un Fornarina y un Flora de un período más tardío nos ilustran acerca de la belleza abundante de sus machos (las terminaciones en "a" aludían a nombres masculinos, como Astronauta, Patriarca, Centinela, mientras que las terminaciones en "o" designaban seres femeninos, como en el caso de Soprano o Virago). Una representación llamada Déjeuner sur l´herbe nos muestra mujeres pudorosamente vestidas, que están sentadas en un prado con efebos desnudos de rasgos muy agradables. Los terrestres llamaban "fotografía" a los modos de representar otros seres de la vida real, mientras que llamaban "arte" al modo de imaginar seres inexistentes, como es el caso del cuadro de un tal Einstein, pintado con el gesto burlón de mostrar la lengua, o de la imagen de un guerrero musculoso y muy ágil, llamado Megan Gale, que se atrevía a treparse sobre los contrafuertes de un antiquísimo edificio de titanio.
Pero los marcianos estaban persuadidos de haber interceptado solamente imágenes de los terrestres que se remontaban a muchos siglos anteriores a su extinción, hasta que, justo pocos segundos antes del exterminio final, lograron captar muchas imágenes de un sitio Internet (www.moma.com) titulado The human image in the XXth century . Con ello se dieron cuenta de que habían logrado poner sus manos (o, más precisamente, sus antenas satelitales) sobre el único documento que decía algo acerca de las facciones de los terrestres en el momento de la declinación de su raza.
Evidentemente (tal como lo sugieren algunas otras interceptaciones), con anterioridad al mencionado "agujero" en la atmósfera ya los terrestres habían atentado en forma reiterada (por ingenuidad o por malicia suicida) contra la vida de su planeta. La vida de los terrestres había sido sometida ya a una dura prueba por fenómenos de índole incierta llamados "radiaciones atómicas", "gases de descarga", "Philip Morris", "dioxina", "vaca loca", "talidomida", "Big Mac" y "Coca Cola". Las imágenes de The human image ... nos muestran cómo la raza se iba degenerando en forma total a medida que se aproximaba a la extinción. Tales imágenes fueron proporcionadas, ciertamente, por estudiosos de anatomía y teratología que no vacilaron en representar la desintegración de la especie.
Representaciones atribuidas a un grupo identificado como " Expresionistas alemanes" nos muestran el rostro humano ya estropeado por descamaciones, cicatrices y marcas violáceas en la epidermis. Un tal Bacon representa hembras (o machos) con los miembros desarrollados sólo en parte y con una tez color amarillo-ocre que llevaría a los médicos de Aldebarán a internar inmediatamente al sujeto. Las representaciones de un tal Picasso muestran cómo la degeneración de la especie había ya influido inclusive en la disposición simétrica de los ojos y de la nariz en un rostro humano. En algunas zonas, a juzgar por las representaciones de un tal Botero, los humanos en general habían desarrollado anormalmente una complexión deformada, con excesos de materia grasa e hinchazones en todo el cuerpo. Entretanto, un tal Giacometti nos muestra por su parte seres andróginos reducidos a meros esqueletos. De acuerdo con un tal Grosz, los seres de un sexo (¿cuál?) habían perdido prácticamente el cuello, y la nuca se unía entonces directamente a la espalda, mientras que según un tal Modigliani, el cuello se había estirado más allá de los límites de lo razonable, volviendo por cierto difícil la postura erecta.
Las imágenes de un tal Keith Haring muestran el hecho de que en ese momento la especie se habría reducido a multiplicarse en una serie de criaturas monstruosas sin más regla; otras de unos tales Boccioni y Carrà nos muestran por su parte seres que, tanto en el movimiento tenso de la carrera como en cualquier otro movimiento, pierden el control de sus miembros, mientras su cuerpo se exfolia confundiéndose con el ambiente. La misma estructura de los órganos visuales debe de haber sido dañada por "radiaciones" porque muchos de estos testimonios de aquel tiempo, mientras representan tanto una mesa con objetos como una ventana o un rincón de casa, no pueden distinguir las superficies y los volúmenes en su justa relación y los perciben como descompuestos y vueltos a ensamblar en modo contrario al de las leyes de la gravedad, o bien perciben un mundo en estado de disolución líquida. A veces el bloqueo de la percepción los lleva a ver solamente superficies bidimensionales confusamente coloreadas. Aparecen así seres con los ojos en lugar de los senos y la vulva en el lugar de la boca, entre humanos con el cuerpo de animal con cuernos, infantes deformes. Es así como un tal Rosai ve criaturas minúsculas entumecidas, con el telón de fondo de una calle que todavía alberga edificaciones volumétricamente sostenibles. La representación de un tal Duchamp nos muestra un macho de buen aspecto afeado por un bigote femenino, signo evidente de una mutación en acto.
El terrestre del siglo XX esperaba ya la muerte del planeta mientras su propia estructura corpórea se arrugaba, se lisiaba, languidecía. El libro de Taowr Shz documenta de modo evidente esta declinación de una especie que había anticipado, en la deformación de su cuerpo, la desintegración del planeta. Y, con ánimo perturbado y conmovido, leemos este testimonio de horror y de muerte que nos habla de seres que en un tiempo fueron un tiempo como nosotros y que eligieron de manera consciente su desdicha.
Traducción de Stefano Fantoni
La Nación. 16 – 02 - 2002
Leo en los periódicos y en Internet que en Albanella, a 20 kilómetros del templo de Paestum y a 60 del de Velia, se construirá, con un costo de 1500 millones de euros, un parque arqueológico llamado Megale Hellas (que puede significar Magna Grecia), con un templo falso pero íntegro, todo de hormigón armado y revestido en mármol travertino. Los que cuestionan la iniciativa dicen que a pocos kilómetros se encuentra un templo verdadero del siglo IV-V antes de Cristo, dedicado a Deméter, y a nadie se le ocurre sacarlo a la luz; los que la respaldan, en cambio, piensan en un flujo turístico mayor del permitido en los templos verdaderos, y tienen presente más bien a la Venecia reconstruida en Las Vegas, o el Partenón de Nashville, y quizá también las diversas Disneylandia, iniciativas de las que se puede decir lo que se quiera, pero no que no atraen gente (y dinero).
Entiendo las reacciones de los que se escandalizan por la iniciativa, y lamento contribuir a su disgusto, afirmando que todos deberíamos ver con buenos ojos este emprendimiento, y justamente para salvar nuestro patrimonio artístico.
Por cierto, antes los lugares sagrados del arte y de la historia sólo eran visitados por viajeros aristocráticos, profesionales del grand tour o del viaje italiano, y el asunto inspiraba algunas melancólicas reflexiones, no sólo a causa de la justicia social, sino más bien porque a aquellos viajeros embelesados les parecía muy bien que las iglesias y palacios estuvieran abandonados; las grandes obras pictóricas, encerradas en sacristías llenas de humedad; las estatuas, cubiertas de líquenes. Después se inició un turismo "burgués", siempre de elite, pero representado por cientos de miles de viajeros cultos y sensibles; para satisfacer sus exigencias, los lugares y obras de arte fueron restaurados, y de aquella afluencia turística pueblos y ciudades sacaron provecho económico.
En una tercera etapa, con el advenimiento del turismo masivo, metrópolis y pueblos por cierto han aumentado sus ingresos, pero se han ensuciado y afeado, hasta convertirse en depósitos de latas de Coca-Cola y bolsas de plástico, filas y filas de baratillos para abastecer a los amantes de los souvenirs , recovecos hormigueantes repletos del gentío rumoroso y transpirado. En cuanto a las obras de arte, se sabe, de hecho, que el contacto con millones de visitantes suele ponerlas en peligro y, dado que el pedestal de ciertas estatuas de santos está ya alisado y deformado por el continuo manoseo de los fieles, ni siquiera las pirámides podrán resistir por mucho tiempo al contacto cotidiano con sus visitantes.
¿Qué hacer? ¿Impedir el acceso de la multitud al arte, contradiciendo de ese modo los ideales democráticos y favoreciendo a los reaccionarios que anhelan volver al pasado, auspiciando el retorno del turismo de muy pocos? ¿Desalentar de hecho las visitas, como ya ocurre en el caso del Cenáculo de Milán, donde el número de visitantes admitidos por vez, la fila de espera, el anticipo con el que hay que anotarse, hacen que muchos que tienen suficiente dignidad cultural como para gozar de la experiencia deban abandonar la empresa? ¿Lamentarse de manera racista de que su lugar sea ocupado por el enjambre de asiáticos de los vuelos chárter que no saben siquiera qué es lo que van a ver, del mismo modo que para un europeo que va a Oriente, en el fondo un templo es como todos los templos y que tiene la impresión de que cuando ha visto uno ha visto todos?
En cambio, habría que explotar la tendencia natural del turismo masivo, por la cual se va a visitar indiferentemente la Pietà Rondanini y el Mulino Bianco, por la que a muchos estadounidenses les resulta más romano el Caesars Palace de Las Vegas que el Coliseo. Pensemos cuánta gente quedará más satisfecha de ver el falso templo de Albanella, completo, íntegro y resplandeciente, que de visitar el templo fatigosamente entrevisto en Paestum. Y al desviar hacia Albanella a la multitud que ingiere bocadillos, Paestum queda para los que lo visitan con conocimiento de causa y no lo dejan lleno de envoltorios y envases de la merienda.
¡Qué productiva sería una Uffizilandia, construida en la periferia de Florencia, con reproducciones perfectas de las obras de la galería Uffizi, pero con los colores ligeramente retocados, como se hace con los labios de los difuntos en las pompas fúnebres estadounidenses! Si la gente se amontona ante el Palazzo Vecchio para admirar un David que no es el original (pero no lo sabe, o no le molesta), ¿por qué no irían todos a Uffizilandia? Menos bocas impuras pondrían en peligro, con su aliento mefítico, la Primavera de Botticelli.
Y que no se diga que la discriminación sería "clasista" en el sentido de separar a los refinados de los trogloditas: los dividiría, es cierto, pero cada uno decidiría a cuál de las dos categorías pertenece por propia voluntad y no por condena social, del mismo modo que por propia voluntad millones de personas, incluso de buena situación económica, ven TV basura. De este modo, a diferencia de los proletarios de memoria marxista, los nuevos proletarios del arte no sabrían siquiera que lo son y se sentirían satisfechos y afortunados por haber visitado, entre todos, el templo más nuevo y resplandeciente.
Traducción: Mirta Rosenberg
La Nación. 19 - o3 - 2007
Las computadoras e Internet, ¿transformarán los libros en "estructuras hipertextuales" ilimitadas, en las que el lector es también autor?
Hoy existen dos clases de libros: de lectura y de consulta. Con los primeros, iniciamos la lectura en la primera página donde, pongamos por caso, el autor nos dice que se ha cometido un crimen. Seguimos hasta el final, en que descubrimos al culpable. Acabado el libro, termina la experiencia de lectura. Lo mismo ocurre aunque leamos filosofía, digamos a Husserl. El autor comienza en la primera página y aborda con detenimiento una serie de temas para que el lector vea cómo arriba a sus conclusiones.
Por supuesto, las enciclopedias nunca se leen de cabo a rabo; no están hechas para eso. Si quiero saber si Napoleón pudo haber conocido a Kant, tomo los volúmenes "K" y "N", y descubro que Napoleón nació en 1769 y murió en 1821; Kant vivió entre 1724 y 1804. Podrían haberse encontrado. Para mayor exactitud, consulto una biografía de Kant. Una biografía de Napoleón podría pasar por alto su encuentro con Kant (¡conoció a tanta gente!), no así una biografía del filósofo de Koenisberg.
El deseo es ley
Las computadoras empiezan a modificar el proceso de lectura. Por ejemplo, en un hipertexto, puedo pedir todos los casos en que el nombre de Napoleón está ligado al de Kant y tenerlos en cuestión de segundos. Los hipertextos harán obsoleta la enciclopedia impresa. Pero, si bien las computadoras están difundiendo una nueva forma de alfabetismo, no pueden satisfacer todas las necesidades intelectuales que estimulan.
Dos inventos a punto de ser explotados quizá les ayuden a satisfacerlas. El primero es una copiadora que permite explorar catálogos de bibliotecas y libros de editoriales. Seleccionamos el libro que necesitamos y, con sólo oprimir un botón, la máquina imprime y encuaderna nuestro ejemplar. Esto cambiará toda la industria editorial; probablemente, eliminará las librerías, pero no los libros. Estos se amoldarán a los deseos del comprador, igual que los manuscritos antiguos.
El segundo invento es el libro electrónico: se obtiene insertando un microcassette en la computadora o conectándola con Internet. Pero este libro difiere tanto del tradicional como el Primer Folio shakespeariano (1623) de la última edición Penguin. Algunos que dicen no leer nunca libros impresos ahora están leyendo, digamos, a Kafka en un libro electrónico. Para los lectores, aunque no para los oftalmólogos, lo mismo da leer a Kafka en el papel o en la página electrónica.
Los libros sobrevivirán por su valor utilitario, no así, tal vez, el proceso creativo del que emergen. Para comprender el porqué, debemos distinguir entre sistemas y texto. Un sistema son todas las posibilidades desplegadas por determinado lenguaje natural. Un conjunto finito de reglas gramaticales permite producir un número infinito de oraciones y todo ítem lingüístico puede ser interpretado en términos de otros ítem lingüísticos: una palabra por una definición, un hecho por un ejemplo, y así sucesivamente.
Un texto reduce las posibilidades infinitas de un sistema para formar un universo cerrado. Tomemos por caso Caperucita Roja . El texto parte de un determinado conjunto de personajes y situaciones (una niña, una madre, una abuela, un lobo, un bosque) y avanza, paso a paso, hasta llegar a una solución. Podemos leerlo como una alegoría y atribuir diversas moralejas a los hechos y personajes, pero no podemos transformar Caperucita Roja en La Cenicienta .
Autoría múltiple
Sin embargo, muchos programas de Internet invitan a enriquecer una historia mediante contribuciones sucesivas. Volvamos a Caperucita Roja . El primer autor propone una situación inicial (la niña entra en el bosque) y varios colaboradores desarrollan la historia. En vez de toparse con un lobo, la niña encuentra a Pinocho. Ambos entran en un castillo encantado. Quizás enfrenten a un cocodrilo mágico. Los episodios se suceden y se pone en duda la noción de autoría.
En el pasado, a veces ocurrían estos casos sin que alteraran la autoría. En la comedia del arte, no había dos representaciones iguales. Es imposible identificar una obra en particular como perteneciente a un solo autor. Otro ejemplo es la jam session o sesión de jazz improvisado. Podría creerse que hay una interpretación sobresaliente de Basin Street Blues porque ha quedado una grabación de ella, pero hubo tantos Basin Street Blues como interpretaciones.
Pero hay una diferencia entre los textos infinitos, ilimitados, y aquellos que, aun prestándose a infinitas interpretaciones, físicamente son limitados. Tomemos La guerra y la paz , de Tolstoi. Desearíamos que Natasha rechazara a Kuryagin y que el príncipe Andrés viviera para reunirse con Natasha. Convirtamos la novela en hipertexto y podremos reescribir la historia: Pierre mata a Napoleón o éste derrota al general Kutusov. ¡Qué libertad! ¡Todos somos Tolstoi!
En Los miserables , Victor Hugo proporciona un hermoso relato de la batalla de Waterloo. No sólo sabe qué sucedió, sino también qué podría haber sucedido y no pasó. Con un programa hipertextual, podríamos reescribir la batalla haciendo vencedor a Napoleón, pero la belleza trágica de la Waterloo de Hugo radica en que las cosas suceden independientemente de los deseos del lector. La literatura clásica nos cautiva porque intuimos que sus héroes podrían haber escapado al Hado, a su destino, pero no lo hicieron por debilidad, soberbia o ceguera.
Además, Hugo nos dice: "Semejante caída, que asombró por entero a la Historia, ¿carece de causa? No... Alguien, a quien nadie puede oponerse, cuidó de que ese hecho aconteciera. Dios pasó por allí". Este es el mensaje de toda gran obra literaria: Dios pasó por allí. Hay libros que no se pueden reescribir porque su función es instruirnos acerca de la Necesidad, y sólo pueden transmitirnos tal sabiduría si gozan del respeto que hoy tienen. Su lección represiva es indispensable para alcanzar un estado superior de libertad intelectual y moral.
Traducción de Zoraida J. Valcárcel
La Nación 22 - 11- 2000
Esta la leí en los periódicos el día que dieron a D´Alema el encargo de formar gobierno. De acuerdo con una investigación de La Nuova Venezia, que cita elementos recogidos por el juez Carlo Mastelloni, la ex Oficina de Asuntos Reservados del Ministerio de Interior mantenía bajo control al joven D´Alema en los comienzos de su carrera política. Y está bien, nada de particular, quisiera decir, los diversos servicios deben saber quién entra en escena, quién es y quién no es, y cuando son verdaderamente secretos, terribles y amenazadores, siempre deben estar en condiciones de neutralizar a personajes peligrosos para el gobierno en funciones. Son cosas que se leen hasta en las novelas de espionaje, e inútil hacerse la nena y escandalizarse.
Entonces, ¿qué cosa había descubierto esta oficina de asuntos reservados, e incluido cuidadosamente en un legajo ultrasecreto? Había descubierto que, en 1976, la revista Op de Picorelli tenía a su vez un documento muy reservado en el cual se decía que Berlinguer (*) había nombrado a D´Alema a la cabeza de la FGC "preocupado por la fuga hacia adelante de la federación juvenil".
Hasta aquí lo que he leído en los periódicos. Cabe pensar que el documento reservadísimo dijera también alguna cosa más, pero, por lo que conozco de los seres humanos, incluso los que trabajan en la información reservada y el espionaje, no habría que esperar otras sorpresas. Cualquier lector reconoce en las noticias recogidas por aquellos 007 las cosas que en esos años tal vez hubiera leído en L´Espresso o en otros periódicos. No hay verdaderamente nada de reservado en las probables razones por las cuales el jefe de un partido designa alguien a la cabeza de la federación juvenil. En otras palabras, lo que había llegado a nuestro conocimiento era el clásico secreto de Polichinela: un secreto a voces.
Cartas anónimas
Todo esto viene a corroborar algo que todos deberíamos saber y que tal vez las novelas de espionaje no nos dicen, pero que la crónica del espionaje internacional nos demuestra con monótona regularidad. En general, los espías y los informadores confidenciales no son sino ganapanes en OVNI, que pasan a quien les paga informaciones que han obtenido abonándose al Eco de la Prensa o yendo a pasarse la tarde en la hemeroteca. Y el que le paga no se da cuenta de que le están endosando como secretas informaciones que son del dominio público.
Pero, ¿por qué no se da cuenta? La estupidez no basta para justificarlo todo. Lo que pasa es que hasta las personas más despiertas sucumben a la fascinación de carta anónima. Ahora la misiva anónima raramente denuncia hechos circunstanciados, del tipo "estimado señor, su mujer lo traiciona todos los días a las cinco con el vecino del rellano". Generalmente, el que recibe una carta así la hace una pelotita y la tira imprecando contra las cartas anónimas. La verdadera y eficaz carta anónima, en cambio, transforma en alusiones vagas e inquietantes hechos que todos conocen: "Estimado señor, habrá notado usted seguramente que su mujer tiene una prima de Bergamo que este año vino a visitarlos en Pascua. A buen entendedor..." Después de una carta así, el destinatario se pregunta angustiado qué habrá querido decirle realmente esa carta, entra en la paranoia, sospecha de todo y de todos, y si todo va bien finalmente estrangulará a la esposa.
Eugenio Scalfari
Imagínense una carta que dijera: "Señor director de L´Espresso, habrá notado usted que, desde hace unos meses, su colaborador Umberto Eco no escribe su columna una vez por semana, sino una vez cada quince días. Habrá notado también que entre una semana y la otra la sección aparece con la firma de Eugenio Scalfari, pero ¡ojo! con otro título. ¿Se ha preguntado alguna vez cómo estas dos personas habían establecido esa relación? Habrá notado, asimismo, que esas columnas aparecen (¡ambas!) en la última página del hebdomadario, y sobre un fondo amarillo. Subrayo el color porque no lo considero persona tan incauta como para subestimar este particular. Fíjese, además, cómo nunca se ha dado el caso de que Eugenio Scalfari estuviera firmado Umberto Eco, ni que Umberto Eco se firmara Eugenio Scalfari. Evidentemente, cada uno de estos amigos suyos tiene su propio nombre. Nada de malo en ello, bien entendido, pero, ¿quién sabe?" Los amables lectores dirán que soy el burlón de siempre, pero si prestaran atención ejemplos de esta técnica se encuentran también en los diarios. En un artículo que comentaba la designación de Gianni Riotta como subdirector de La Stampa, con aire casual se dejaban caer algunas noticias del género, precisamente, "a buen entendedor..." Las noticias eran las mismas que Riotta, en caso de que debiera escribir una autobiografía, contaría en seguida: en qué periódicos ha colaborado, quiénes son sus amigos, qué ha dicho la crítica de sus libros, etcétera. Va de suyo que todas esas noticias eran absolutamente verídicas. Y naturalmente eran de público dominio. Era tan sólo el modo de enunciarlas lo que las hacía aparecer alusivas y sospechosas. Me imagino que cualquier servicio secreto habría cortado en seguida la página para insertarla en un legajo.
Traducción de Jorge Ortiz Barili
(*) Enrico Berlinguer (1922-1984), jefe del Partido Comunista italiano. (N. del T.)
La Nación. 06-06-1999
Hoy se habla mucho de privacy (término que habría querido decir intimidad, pero que se ha interpretado como si significara "derecho a la intimidad" y, por lo tanto, aunque sea un barbarismo, se está utilizando con este sentido técnico).
El problema se ha tornado urgente porque en la era informática es posible registrar todo movimiento de todo ciudadano, desde cuando compra la ensalada o la revista pornográfica con la tarjeta de crédito hasta cuando sale de la autopista pagando con Bancomat. Y si luego quiere descargar graciosamente sobre Internet un programa, tiene que aportar en cambio informaciones que no parecen reservadas pero que a fin de cuentas lo exponen a varias formas de presión indebida. Esta es la razón principal que ha llevado al nacimiento de instituciones presuntamente destinadas a garantizar la privacy, aun cuando esta salvaguardia se extiende luego a nuestro derecho a que los medios de comunicación masiva no hagan públicas nuestras enfermedades, nuestras costumbres sexuales o la combinación de nuestra caja de caudales.
Pero, curiosamente, la defensa de la privacy parece afirmarse en un universo en el que nadie la desea ya. En el pasado, la persona común era extremadamente celosa de los propios hechos y temía el chismorreo; cónyuges traicionados callaban sufriendo para que no se hiciera burla de su desgracia; si un pariente tenía una dolencia grave se hacía lo imposible por ocultarlo, no se hablaba con extraños del propio sueldo... En una palabra, se partía del principio de que los trapos sucios (e incluso los limpios) se lavan en casa.
Los únicos que ostentaban lo que otros escondían eran los muy poderosos. Pensemos en la levée du Roi, en que el pobre monarca tenía que hacer en presencia de los cortesanos lo que cada cual por la mañana desea hacer solo. Para no hablar de los casos en los que los cortesanos debían dar testimonio de la consumación del matrimonio, y si el rey tenía una amante, era un hecho institucional. En tiempos más cercanos a nosotros, el poderoso exhibía símbolos de status: el barco de cincuenta metros, el Rolls Royce, el sombrero de copa y el gabán de cuello de piel.
Con el advenimiento de la sociedad del espectáculo, se está poniendo cada vez más de moda lo contrario. El millonario se viste con naturalidad, no viaja en primera clase de avión sino que se traslada en helicóptero privado; si tiene mucho dinero, lo esconde púdicamente en una isla del Caribe. Por cierto que los mass media no lo pierden de vista, lo sorprenden en el restaurante con una tierna amistad, le interceptan una conversación obscena por teléfono, tratan de demostrar que se ha dedicado a prácticas non sanctas con una partiquina: pero al tycoon no le agrada en absoluto esa publicidad y, si pudiese, la evitaría. Quien da la impresión de buscarla es el falso magnate, la meretriz en busca de celebridad, la actriz anodina que advierte a los fotógrafos que estará precisamente en aquel restaurante con aquella persona.
Mas he aquí que nos aproximamos al otro lado de la medalla, es decir, al comportamiento de las personas desgraciadamente normales, y que sufren de esta normalidad no espectacular.
En la actualidad, la persona común no desea la privacy. Si es cornudo, se apresura a ir a la televisión para litigar con el propio partner infiel delante de millones de espectadores; si padece de una enfermedad terrible, desfila en público con carteles para sostener los derechos de sus compañeros de desventura, usa compulsivamente el micrófono, y posiblemente con el fin de ser escuchado por los presentes, para comunicar a todo el mundo que tiene una amante a la que llama "Chichi", o un pagaré que vence ese mismo día, y hasta el arrepentimiento es una forma explícita de renuncia a custodiar secretos terribles.
Por más que los encargados de proteger la privacy se empeñen en impedir que las circunstancias personales sean indebidamente divulgadas, la persona común no pierde ocasión de propalarlas a los cuatro vientos, compila decenas de certificados de garantía para cachivaches que nadie le reparará jamás, insiste en ser tenida al corriente de productos comerciales que nunca han de importarle un bledo, responde a cuestionarios, trata de entrar en grupos de consulta para registrar coram populo que esa noche ha preferido la película de amor al debate político o viceversa, agita las manos detrás de cada entrevistado de la televisión para que no quepa la menor duda de que ella o él estaban allí y no en otra parte e, incluso, mientras que en los pasados siglos los vestidos estaban concebidos para velar las formas del cuerpo (cuyas delicias estaban reservadas para los muy íntimos), ahora viste sólo ropas que muestran el ombligo, la curva de los glúteos, la cadenita de la mamá sobre el pecho velludo, la prominencia del escroto, el pezón, y dentro de poco el clítoris.
Se infiere de ello, por tanto, que la verdadera tarea a que deberán hacer frente las distintas autoridades (que en los diversos países están empeñadas en la defensa de la privacy) no será la de asegurarla a los que la solicitan (relativamente pocos sobre el total de la población), sino de hacer que sea considerada un bien precioso por parte de los que entusiásticamente han renunciado a ella.
Traducción de Jorge Ortiz Barili
La Nación 14 - 06 - 1998