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UMBERTO DE BOLONIA

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2 Septiembre 2006

Toda la vida es fiesta, todo el año Carnaval

Toda la vida es fiesta, todo el año es Carnaval
El debate sobre la Ilustración ha generado como hijo, más o menos legítimo, el debate sobre el juego. Reconozco haber experimentado una sensación de fastidio. Había escrito como algo obvio que una de las necesidades humanas fundamentales, además del alimento, el sueño, el afecto y el conocimiento, es le juego, y vi como la idea volvía a mí como una “provocación” de mi parte. ¡Eh! ¡Calma! Cómo si nadie se hubiese dado cuenta de que los niños, los gatitos y los cachorros se expresan sobre todo en juego y como si, junto a la definición del hombre como animal racional, no circula desde hace mucho la de homo ludens.
A veces, uno tiene la impresión de que los medios masivos siempre descubren el agua caliente. Sin embargo, después pensándolo bien, hay que admitir que “redescubrir” el agua caliente es una de sus funciones fundamentales. Un diario no puede salir así, de improviso, a decir que vale la pena leer Los novios de Manzoni. Debe esperar que aparezca una nueva edición de Los novios y luego titular a varias columnas: Modas culturales. El retorno de Manzoni. Tienen toda la razón en obrar así porque, entre sus lectores, hay quienes han olvidado a Manzoni y muchos jóvenes que saben muy poco de él. Es una forma de decir que, como ahora los jóvenes creen que el agua caliente sale naturalmente de la canilla, de vez en cuando hay que encontrar un pretexto para recordar que, para obtenerla, hay que calentarla o ir a buscarla bajo tierra.
Bueno, de acuerdo, sigamos hablando del juego. El releer las diversas intervenciones publicadas en este diario, me di cuenta que, de diferentes maneras, estás remitían a una profunda mutación antropológica que pesa sobre nosotros. El juego, como momento de actividad desinteresada, saludable para el cuerpo y que, como decían los teólogos, quita la tristitia debida al trabajo y ciertamente aguza nuestra capacidad de comprensión, para hacer todo esto, tiene que ser un paréntesis. En un alto en un panorama diario de diversas ocupaciones. No sólo el duro trabajo manual sino aún la intensa conversación filosófica entre Platón y Cebes.
Uno de los aspectos positivos de la felix culpa es que, si Adán no hubiera pecado, no habría tenido que ganarse el pan con el sudor de su frente y, si se hubiera entretenido todo el día con tonterías, habría seguido siendo un chiquillo. Es allí donde resalta el carácter providencial de la Serpiente. Todas las civilizaciones, sin embargo, han reservado algunos días del año para el juego total. Era un período de licencia, que llamamos Carnaval y que, para otras civilizaciones, es o fue algo diferente. Durante el Carnaval, jugábamos sin cesar pero también para que el Carnaval sea hermoso y no agobiante no debe durar mucho.
Ahora bien, una de las características de la civilización en la que vivimos es la carnavalización total de la vida. Esto no significa que se trabaje menos, dejando de actuar a las máquinas, porque la incitación y la organización del tiempo libre han sido una preocupación sagrada tanto de las dictaduras como de los regímenes liberal – reformistas. Es que hemos carnavalizado también el tiempo de trabajo.
Es fácil y obvio hablar de carnavalización de la vida pensando en las horas pasadas por el ciudadano promedio frente a la pantalla de televisión que, fuera de muy breves momentos dedicados a la información, difunde sobre todo espectáculo, y ,entre los espectáculos, ahora privilegia los que representan la vida como un eterno Carnaval, en el que bufones y jóvenes muy bellas no lanzan confites sino una lluvia de millones que cualquier hijo de vecino puede ganar jugando (y después nos lamentamos de que los albaneses, seducidos por la imagen de Italia, falsifiquen documentos para venir a este Luna Park permanente).
Es fácil hablar de carnaval pensando en el dinero y en el tiempo dedicado al turismo masivo que propone islas de ensueño a precios chárter y nos invita a visitar Venecia dejando al final de nuestra mascarada turística latas de conserva, papales corrugados, restos de panchos con mostaza, como todo Carnaval que se precie. Pero no se toma suficientemente en cuenta la completa carnavalización del trabajo debida a esos “objetos polimorfos”, pequeños robots serviciales que, al hacer lo que antaño debíamos hacer nosotros, tienden a hacernos sentir el tiempo en que no los utilizamos como un tiempo de juego. El empleado que, frente a su computadora y a escondidas de su jefe, practica juegos de rol o visita el sitio de Playboy, vive un Carnaval permanente. Del mismo modo, aquel que maneja un auto que ahora le habla, le indica la ruta que debe tomar lo expone a arriesgar su vida incitándolo a presionar botones para recibir información sobre la temperatura, el carburante que le queda, su velocidad promedio y el tiempo de viaje, vive su propio Carnaval.

Revista Ñ 19/08/2006

Gentileza de Luis Leiro

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