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UMBERTO DE BOLONIA

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24 Febrero 2007

El título y el significado

Desde que escribí El nombre de la rosa recibo muchas cartas de lectores que preguntan cuál es el significado del hexámetro latino final, y por qué el título inspirado en él. Contesto que se trata de un verso extraído del De contemptu mundi [Del menosprecio del mundo] de Bernardo Morliacense, un benedictino del siglo XII que compuso variaciones sobre el tema ubi sunt (del que derivaría el mais où sont les neiges d’antan de Villon), salvo que al topos habitual (los grandes de antaño, las ciudades famosas, las bellas princesas, todo lo traga la nada) Bernardo añade la idea de que de todo eso que desaparece sólo nos quedan meros nombres. Recuerdo que Abelardo se servía del enunciado nulla rosa est para mostrar que el lenguaje puede hablar tanto de las cosas desaparecidas como de las inexistentes. Y ahora que el lector extraiga sus propias conclusiones.

El narrador no debe facilitar interpretaciones de su obra, si no ¿para qué habría escrito una novela que es una máquina de generar interpretaciones? Sin embargo, uno de los principales obstáculos para respetar ese sano principio reside en el hecho mismo de que toda novela debe llevar un título.

Por desgracia, un título ya es una clave interpretativa. Es imposible sustraerse a las sugerencias que generan Rojo y negro o Guerra y paz. Los títulos que más respetan al lector son aquellos que se reducen al nombre del héroe epónimo, como David Copperfield o Robinson Crusoe, pero incluso esa mención puede constituir una injerencia indebida por parte del autor. Le Père Gorriot centra la atención del lector en la figura del viejo padre, mientras que la novela también es la epopeya de Rastignac o de Vautrin, alias Collin. Quizás habría que ser honestamente deshonestos, como Dumas, porque es evidente que Los tres mosqueteros es, de hecho, una historia del cuarto, Pero son lujos raros, que quizás el autor sólo puede permitirse por distracción.

Mi novela tenía otro título provisional: La abadía del crimen. Lo descarté porque fija la atención del lector exclusivamente en la intriga policíaca, y podía engañar al infortunado comprador ávido de historias de acción, induciéndolo a arrojarse sobre un libro que lo hubiera decepcionado. Mi sueño era titularlo Adso de Melk. Un título muy neutro, porque Adso no pasaba de ser un narrador. Pero nuestros editores aborrecen los nombres propios: ni siquiera Fermo e Lucia logra ser admitido tal cual: sólo hay contados ejemplos, como Lemmonio Borreo, Rubé o Metello… Poquitísimos, comparados con las legiones de primas Bette, de Barry Lyndon, de Armanace y de Tom Jones, que pueblan otras literaturas.

La idea del El nombre de la rosa se me ocurrió casi por casualidad, y me gustó porque la rosa es una figura simbólica tan densa que, por tener tantos significados, ya casi los he perdido a todos: rosa mística, y como rosa ha vivido lo que viven las rosas, las guerras de las dos rosas, una rosa es una rosa es una rosa es una rosa, los rosacruces, gracias por las espléndidas rosas, rosa fresca toda la fragancia. Así, el lector quedaba con razón desorientado, no podía escoger tal o cual interpretación; y, aunque hubiese captado las posibles lecturas nominalistas del verso final, sólo sería el último momento, después de haber escogido vaya a saber que posibilidades. El título debe confundir las ideas, no regimentarlas.

Nada consuela más al novelista que descubrir lecturas que no se le habían ocurrido y que los lectores le sugieren. Cuando escribía obras teórica, mi actitud hacia los críticos era la de decir al juez: ¿han comprendido o no lo que quería decir? En el caso de una novela todo es distinto. No digo que el autor deba aceptar cualquier lectura, pero, si alguna le parece aberrante, tampoco debe salir a la palestra: en todo caso, que otros cojan el texto y la refuten. Por lo demás, la inmensa mayoría de las lecturas permiten descubrir efectos de sentido en los que no se había pensado. Pero, ¿Qué quiere decir que el autor no había pensado en ellos?

Una estudiosa francesa, Mireille Calle Gruber, ha descubierto sutiles paradigmas que relacionan a los simples (en el sentido de los pobres) con los simples en el sentido de las hierbas medicinales, y luego advierte que hablo de “mala hierba” de la herejía. Podría responder que el término “simples” se repite, con ambos sentidos, en la literatura de la época, así como la expresión “mala hierba”. Por otra parte, conocía bien el ejemplo de Greimas sobre la doble isotropía que surge cuando se define al herborista como “amigo de los simples”. ¿Era o no consciente de estar jugando a los paragramas? Ahora no importa en lo absoluto que lo aclare: allí está el texto, que produce sus propios efectos de sentido.

Al leer las reseñas de la novela, me estremecía de placer cada vez que un crítico (los primeros fuero Ginebra Bompiani y Lars Gustaffson) citaba la frase que Guillermo pronuncia al final del proceso inquisitorial, “¿Qué es lo que más os aterra de la pureza?”, pregunta Adso. Y Guillermo le responde: “La prisa”. Me gustaban mucho, y siguen gustándome, esas dos líneas. Pero luego un lector me ha señalado que en la página siguiente Bernardo Gui, amenazando al cillerero con tortura dice: “Al contrario de lo que creían los seudo apóstoles, al justicia no lleva prisa, y la de Dios tiene siglos por delante” El lector me preguntaba, con razón, que relación había querido establecer entre la prisa que Guillermo temía y la falta de prisa que Bernardo celebraba. Entonces comprendí que había sucedido algo inquietante. En el manuscrito no figurara ese pasaje del diálogo entre Adso y Guillermo. Lo añadí al revisar las pruebas: por razones de concinni -.tas necesitaba agregar un período antes de devolverle la palabra a Bernardo. Y lo que sucedió fue que., mientras hacía que Guillermo odiara la prisa (muy convencido de ello. de allí el placer que después me produjo la frase), olvidé por completo que poco después también Bernardo hablaba de ella. Si más que una manera de hablar, lo que podría decir un juez, una frase hecha como “la justicia es igual para todos”. Pero ¡ay!, contrapuesta a la prisa que menciona Guillermo, la que menciona Bernardo produce legítimamente un efecto de sentido, de modo que el lector tiene razón cuando se pregunta si ambos dicen lo mismo o si, en cambio, existe una diferencia latente entre uno y otro odio por la prisa. Allí está el texto, que produce sus propios efectos de sentido. Independientemente de mi voluntad, la pregunta se plantea, aparece la ambigüedad, y, aunque por mi parte no vea bien como interpretar la oposición, comprendo que entraña un sentido (o quizás muchos).

El autor deberá morirse después de haber escrito su obra. Para allanarle el camino al texto.

Apostillas a El nombre de la rosa. Barcelona. Editorial Lumen. 1985

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