Consejos prácticos para modistos italianos
En estas semanas de artículos acerca de las vacaciones inteligentes (o idiotas) he tenido ocasión de leer informes sobre los destinos más obvios del mundo, tales como París, Londres o Madrid. Algunos decían cómo esos lugares no eran ya tan atractivos como en un tiempo. Cualquiera puede decir "¿París? Vayan, si quieren, pero el París que yo he conocido no existe ya". Algunas de estas afirmaciones son ciertas (ha cambiado el París que conoció Rabelais), y otras son piadosamente nostálgicas (los baños de los hoteles no son ya los mismos que en tiempos de Picasso, gracias a Dios). Pero no era mi intención hacer aquí un discurso de nostalgia, sino de sentido común.
Parece que Armani había comprado el local del Drugstore de Saint-Germain-des-Prés, y que otros estilistas estaban tratando de adueñarse de la librería La Hune, y de la que está en la esquina de la rue Bonaparte, frente a la casa que fue de Sartre. Por otra parte, la antigua plaza Saint-Sulpice, en torno de la cual vivían los Tres Mosqueteros, ha sustituido hace tiempo los viejos tenduchos por emporios de Yves Saint-Laurent. Ya se sabe, la ciudad se transforma. Pero yo no me sitúo desde el punto de vista de los nostálgicos, sino desde el de los creadores de la moda que, como supongo, tratan de expandirse para vender más.
Rue des Saints Péres
Era una vez aquel trecho de la Rue des Saints Péres que va desde el Boulevard Saint-Germain hacia el Sur. En ese corto trayecto había dos casas editoras con sus escaparates (Grasset y Fayard), dos hoteles que eran prácticamente la casa de huéspedes de las dos editoriales, un restaurante viejo-francés en la intersección del bulevar, y un bar pseudo irlandés en la otra punta de la calle, el Twickenham´s: a eso de las seis de la tarde, los que no se juntaban en el Flore o en los Deux Magots creyendo encontrarse todavía con Juliette Gréco, podían ver allí, bebiendo ensimismados un aperitivo o comiendo un croque-monsieur, a escritores de medio mundo.
Hace años que el restaurante y el bar han vendido y en el lugar del primero está Sonia Rykiel y en el del segundo, una tienda de zapatos, creo que de Ferragamo. Digo "creo" y se verá por qué no estoy seguro. Sucede que ese tramo de la calle, que era meta de paseo no sólo de turistas sino también de parisienses, está ahora desierto. Los que, como yo, tienen que ir a Grasset, van allí en taxi y a lo sumo saben que la casa editora, con los escritores que la visitan, se transfiere entre las seis y las siete de la tarde al bar del hotel des Saints Péres, donde se ha constituido una peña literaria. Pero no digo los turistas, sino que ni siquiera los parisienses lo saben, y no se atreven a poner el pie en el hall de un hotel casi familiar, por lo cual el lugar se ha convertido prácticamente en un club privado.
Consecuentemente nadie va ya a la parte sur de la Rue des Saints Péres y por tanto nadie ve ya ni las vidrieras de Rykiel ni las de Ferragamo (si desean comprar zapatos, hay decenas de negocios diversos sobre el Boulevard Saint-Germain). En la plaza Saint-Sulpice está Yves Saint-Laurent, pero el parisiense y el turista que echan un vistazo al escaparate (y quizás entren luego) están allí porque allí encuentran, además de la plaza y la iglesia, dos bares celebérrimos, en uno de los cuales se sentaba y escribía Perec, y algunas viejas librerías a su alrededor. El día que ya no estén allí, no tendrá objeto ir a esa plaza para ver una tienda de modas: para eso hay otras sobre la orilla derecha.
Cuando en Saint-Germain hayan sido expropiados el Flore, el Deux Magots y la cervecería Lipp, sustituidos por otras tantas boutiques, díganme para qué tendría uno que tomar el metro (o el tren o el avión) e ir allí para ver lo que pueden ver también en su lugar de residencia. Objeción mercantil: pero están los turistas japoneses, que invadirán esos lugares para comprar obras firmadas. Falso. Los turistas japoneses se están haciendo más astutos, leen guías muy sofisticadas, y si van a Saint-Germain no es para ver lo que ahora pueden encontrar igualmente en Tokio. Si no reconocen el viejo París (o al menos una buena imitación), dentro de poco tiempo desaparecerán.
No hay que lamentarse si eliminan el Drugstore de Saint-Germain: cuando lo construyeron, todos los parisienses lloraban por la afrenta. Sin embargo, era un sitio donde, a la una y media de la madrugada se podían conseguir diarios, libros, una botella de vino, un panecillo con paté, discos y videocassettes (por no hablar de dentífrico y aspirina) y terminar la trasnochada en casa con los amigos. Por eso era un ir y venir de automóviles en la esquina, que tal vez perturbaban de algún modo, pero que daban vida al barrio. Cuando pongan allí una tienda de chaquetas de cuero, es lógico que nadie irá allí a la una y media de la madrugada, y quizá tampoco a mediodía. ¿Quién habrá salido ganando? ¿Armani, quizá?
En vista de que entre los más conspicuos asesinos de París se encuentran los modistos italianos, y como sé que tienen reputación de protectores de las letras y las artes, no me queda más que formular una modesta propuesta, en interés de ellos mismos y de la comunidad: hagan lo que se les antoje en el primer piso, pero dejen en la planta baja las razones por las cuales iba la gente allí. En su defecto, díganme con qué objeto habríamos de tomar jamás un avión para llegar a un aeropuerto.
Traducción de Jorge Ortiz Barili
La Nación 23 - 11- 1997
