La eugenesia no es una ciencia exacta
No ha pasado mucho tiempo desde que, al tener conocimiento de la clonación de un ovino, la humanidad (o, al menos, la parte de ella que se expresa a través de los mass media) ha dado muestras de síndromes sobremanera angustiosos, que se traducían en gritos de alarma, demandas de un control más severo de la ciencia, profecías acerca de un universo de caras repetidas, etcétera, etcétera.
Me parece suspiró aliviado, en cambio, al enterarse luego de otra noticia que puede rectificar tales temores: que desde hace muchos años, y hasta hace poco, se practicaban en Suecia selecciones rigurosas, tratando de volver ineptos para la reproducción a todos los seres humanos que presentaran algún defecto (a propósito, leo que una polémica semejante se está originando también en Francia y por lo tanto debo presumir que la selección de los mejores a través de la eliminación de los ineptos es una práctica más frecuente de lo que se cree). Estas prácticas fueron duramente criticadas (por cierto, como inducen a hacerlo el buen sentido y el buen corazón), sin sacar las optimistas conclusiones de rigor.
Es opinión generalizada que el ejemplo más inquietante de selección eugenésica fue el que propuso el nazismo, que, además, estaba apoyado en una elaborada teoría de la superioridad de la raza germánica y, por lo tanto, se proponía como modelo integral, tanto fuese en el plano teórico como en el práctico.
El inspector Derrick
Reflexionemos ahora sobre lo que le pasó al pobre Hitler, ciertamente digno de nuestra comprensión. Creo que se puede afirmar que, si los modelos más populares de ciudadanos alemanes que hoy reconocemos son el inspector Derrick (1), su imbécil ayudante y aquellos personajes medio sifilíticos que intentaban neutralizar sólo porque revelaban un encefalograma liso, no puede decirse que el proyecto eugenésico nazi haya tenido éxito. Pero razonemos: ¿de cuánto tiempo dispuso Hitler para llevarlo a cabo?
Se convirtió en jefe de Estado en 1934 y, para no hablar del bunker final, ya a fines de 1944 está prácticamente fuera de juego. Por lo tanto tuvo a su disposición solamente diez años, en el curso de los cuales tuvo que ocuparse de (en este orden): 1) constituir un ejército y una nueva potencia industrial; 2) eliminar, además de sus adversarios políticos, a millones de personas pertenecientes a las razas inferiores (y con un gasto técnico y de organización nada despreciable); 3) sostener una guerra que ha sido la más complicada en toda la historia de la humanidad, guerra que, por lo demás, no tuvo que librar solamente contra los adversarios, sino también (y sobre todo) contra los propios aliados.
¿Cuánto tiempo le quedó entonces para consagrarse a la selección de una raza elegida? Por más que hubiera trabajado horas extra, no habría alcanzado a completar su proyecto.
Ahora nos informamos de que, en cambio, en Suecia han dispuesto de varias décadas. No quisiera en modo alguno que las observaciones que siguen se interpreten como una ofensa a los suecos, entre los que cuento con muchísimos amigos, pero, en fin, hoy todavía (como siempre en este mundo) hay suecos hermosos e inteligentes, otros más bien sucios y de menguado intelecto, algunos doctos en ciencias o escritores de mérito y algunas personas modestas; algunos contentos de vivir y otros que se inclinan por el alcoholismo o el suicidio, y me imagino que estarán allí incluso los que se parezcan al inspector Derrick y a sus lugartenientes.
Vodka y salmón
En una palabra, sería un error decir que los suecos son peores que los demás, pero tampoco se puede aseverar que representan a una raza elegida, hecha de esa condición a través de sucesivos experimentos selectivos. Cuando son altos, rubios, bellos y despiertos lo son porque ya lo eran sus antepasados vikingos, porque viven en un clima estimulante, porque van asiduamente al gimnasio, porque comen un excelente salmón y porque el vodka Absolut es, a mi juicio, mejor que el de Rusia. Pero habrían continuado así aunque algunos de sus médicos no hubiesen esterilizado a los individuos con cualquier imperfección física.
Se advierte, por otra parte, que son los mismos suecos los que abjuran todos los años de sus científicos extravagantes y los que no comulgan con ninguno de los mitos arianizantes, desde el momento en que admiten en el Olimpo del Nobel a personas que con frecuencia son morenas, calvas, raquíticas, balbucientes, enclenques, bizcas, con caspa y piel grasienta, anteojos de tres dedos de espesor, marcapasos, diabetes, dentadura postiza, pulmones y bronquios arruinados por el tabaco negro, pene de erección horizontal...
Este episodio demuestra, pues, que la eugenesia no es una ciencia, y que construir una raza perfecta es una empresa imposible. De modo que no nos preocupemos demasiado por algún becerro clonado, que a lo sumo dará bifes más jugosos, pero nunca escribirá la divina comedia, aunque lo manden a la universidad.
Traducción de Jorge Ortiz Barili
La Nación 14 -12 - 1997
