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UMBERTO DE BOLONIA

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16 Marzo 2007

¿Quien quiere defender la privacidad?

Hoy se habla mucho de privacy (término que habría querido decir intimidad, pero que se ha interpretado como si significara "derecho a la intimidad" y, por lo tanto, aunque sea un barbarismo, se está utilizando con este sentido técnico).

El problema se ha tornado urgente porque en la era informática es posible registrar todo movimiento de todo ciudadano, desde cuando compra la ensalada o la revista pornográfica con la tarjeta de crédito hasta cuando sale de la autopista pagando con Bancomat. Y si luego quiere descargar graciosamente sobre Internet un programa, tiene que aportar en cambio informaciones que no parecen reservadas pero que a fin de cuentas lo exponen a varias formas de presión indebida. Esta es la razón principal que ha llevado al nacimiento de instituciones presuntamente destinadas a garantizar la privacy, aun cuando esta salvaguardia se extiende luego a nuestro derecho a que los medios de comunicación masiva no hagan públicas nuestras enfermedades, nuestras costumbres sexuales o la combinación de nuestra caja de caudales.

Pero, curiosamente, la defensa de la privacy parece afirmarse en un universo en el que nadie la desea ya. En el pasado, la persona común era extremadamente celosa de los propios hechos y temía el chismorreo; cónyuges traicionados callaban sufriendo para que no se hiciera burla de su desgracia; si un pariente tenía una dolencia grave se hacía lo imposible por ocultarlo, no se hablaba con extraños del propio sueldo... En una palabra, se partía del principio de que los trapos sucios (e incluso los limpios) se lavan en casa.

Los únicos que ostentaban lo que otros escondían eran los muy poderosos. Pensemos en la levée du Roi, en que el pobre monarca tenía que hacer en presencia de los cortesanos lo que cada cual por la mañana desea hacer solo. Para no hablar de los casos en los que los cortesanos debían dar testimonio de la consumación del matrimonio, y si el rey tenía una amante, era un hecho institucional. En tiempos más cercanos a nosotros, el poderoso exhibía símbolos de status: el barco de cincuenta metros, el Rolls Royce, el sombrero de copa y el gabán de cuello de piel.

Con el advenimiento de la sociedad del espectáculo, se está poniendo cada vez más de moda lo contrario. El millonario se viste con naturalidad, no viaja en primera clase de avión sino que se traslada en helicóptero privado; si tiene mucho dinero, lo esconde púdicamente en una isla del Caribe. Por cierto que los mass media no lo pierden de vista, lo sorprenden en el restaurante con una tierna amistad, le interceptan una conversación obscena por teléfono, tratan de demostrar que se ha dedicado a prácticas non sanctas con una partiquina: pero al tycoon no le agrada en absoluto esa publicidad y, si pudiese, la evitaría. Quien da la impresión de buscarla es el falso magnate, la meretriz en busca de celebridad, la actriz anodina que advierte a los fotógrafos que estará precisamente en aquel restaurante con aquella persona.

Mas he aquí que nos aproximamos al otro lado de la medalla, es decir, al comportamiento de las personas desgraciadamente normales, y que sufren de esta normalidad no espectacular.

En la actualidad, la persona común no desea la privacy. Si es cornudo, se apresura a ir a la televisión para litigar con el propio partner infiel delante de millones de espectadores; si padece de una enfermedad terrible, desfila en público con carteles para sostener los derechos de sus compañeros de desventura, usa compulsivamente el micrófono, y posiblemente con el fin de ser escuchado por los presentes, para comunicar a todo el mundo que tiene una amante a la que llama "Chichi", o un pagaré que vence ese mismo día, y hasta el arrepentimiento es una forma explícita de renuncia a custodiar secretos terribles.

Por más que los encargados de proteger la privacy se empeñen en impedir que las circunstancias personales sean indebidamente divulgadas, la persona común no pierde ocasión de propalarlas a los cuatro vientos, compila decenas de certificados de garantía para cachivaches que nadie le reparará jamás, insiste en ser tenida al corriente de productos comerciales que nunca han de importarle un bledo, responde a cuestionarios, trata de entrar en grupos de consulta para registrar coram populo que esa noche ha preferido la película de amor al debate político o viceversa, agita las manos detrás de cada entrevistado de la televisión para que no quepa la menor duda de que ella o él estaban allí y no en otra parte e, incluso, mientras que en los pasados siglos los vestidos estaban concebidos para velar las formas del cuerpo (cuyas delicias estaban reservadas para los muy íntimos), ahora viste sólo ropas que muestran el ombligo, la curva de los glúteos, la cadenita de la mamá sobre el pecho velludo, la prominencia del escroto, el pezón, y dentro de poco el clítoris.

Se infiere de ello, por tanto, que la verdadera tarea a que deberán hacer frente las distintas autoridades (que en los diversos países están empeñadas en la defensa de la privacy) no será la de asegurarla a los que la solicitan (relativamente pocos sobre el total de la población), sino de hacer que sea considerada un bien precioso por parte de los que entusiásticamente han renunciado a ella.

Traducción de Jorge Ortiz Barili

La Nación 14 - 06 - 1998

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