El secreto a voces de los servicios
Esta la leí en los periódicos el día que dieron a D´Alema el encargo de formar gobierno. De acuerdo con una investigación de La Nuova Venezia, que cita elementos recogidos por el juez Carlo Mastelloni, la ex Oficina de Asuntos Reservados del Ministerio de Interior mantenía bajo control al joven D´Alema en los comienzos de su carrera política. Y está bien, nada de particular, quisiera decir, los diversos servicios deben saber quién entra en escena, quién es y quién no es, y cuando son verdaderamente secretos, terribles y amenazadores, siempre deben estar en condiciones de neutralizar a personajes peligrosos para el gobierno en funciones. Son cosas que se leen hasta en las novelas de espionaje, e inútil hacerse la nena y escandalizarse.
Entonces, ¿qué cosa había descubierto esta oficina de asuntos reservados, e incluido cuidadosamente en un legajo ultrasecreto? Había descubierto que, en 1976, la revista Op de Picorelli tenía a su vez un documento muy reservado en el cual se decía que Berlinguer (*) había nombrado a D´Alema a la cabeza de la FGC "preocupado por la fuga hacia adelante de la federación juvenil".
Hasta aquí lo que he leído en los periódicos. Cabe pensar que el documento reservadísimo dijera también alguna cosa más, pero, por lo que conozco de los seres humanos, incluso los que trabajan en la información reservada y el espionaje, no habría que esperar otras sorpresas. Cualquier lector reconoce en las noticias recogidas por aquellos 007 las cosas que en esos años tal vez hubiera leído en L´Espresso o en otros periódicos. No hay verdaderamente nada de reservado en las probables razones por las cuales el jefe de un partido designa alguien a la cabeza de la federación juvenil. En otras palabras, lo que había llegado a nuestro conocimiento era el clásico secreto de Polichinela: un secreto a voces.
Cartas anónimas
Todo esto viene a corroborar algo que todos deberíamos saber y que tal vez las novelas de espionaje no nos dicen, pero que la crónica del espionaje internacional nos demuestra con monótona regularidad. En general, los espías y los informadores confidenciales no son sino ganapanes en OVNI, que pasan a quien les paga informaciones que han obtenido abonándose al Eco de la Prensa o yendo a pasarse la tarde en la hemeroteca. Y el que le paga no se da cuenta de que le están endosando como secretas informaciones que son del dominio público.
Pero, ¿por qué no se da cuenta? La estupidez no basta para justificarlo todo. Lo que pasa es que hasta las personas más despiertas sucumben a la fascinación de carta anónima. Ahora la misiva anónima raramente denuncia hechos circunstanciados, del tipo "estimado señor, su mujer lo traiciona todos los días a las cinco con el vecino del rellano". Generalmente, el que recibe una carta así la hace una pelotita y la tira imprecando contra las cartas anónimas. La verdadera y eficaz carta anónima, en cambio, transforma en alusiones vagas e inquietantes hechos que todos conocen: "Estimado señor, habrá notado usted seguramente que su mujer tiene una prima de Bergamo que este año vino a visitarlos en Pascua. A buen entendedor..." Después de una carta así, el destinatario se pregunta angustiado qué habrá querido decirle realmente esa carta, entra en la paranoia, sospecha de todo y de todos, y si todo va bien finalmente estrangulará a la esposa.
Eugenio Scalfari
Imagínense una carta que dijera: "Señor director de L´Espresso, habrá notado usted que, desde hace unos meses, su colaborador Umberto Eco no escribe su columna una vez por semana, sino una vez cada quince días. Habrá notado también que entre una semana y la otra la sección aparece con la firma de Eugenio Scalfari, pero ¡ojo! con otro título. ¿Se ha preguntado alguna vez cómo estas dos personas habían establecido esa relación? Habrá notado, asimismo, que esas columnas aparecen (¡ambas!) en la última página del hebdomadario, y sobre un fondo amarillo. Subrayo el color porque no lo considero persona tan incauta como para subestimar este particular. Fíjese, además, cómo nunca se ha dado el caso de que Eugenio Scalfari estuviera firmado Umberto Eco, ni que Umberto Eco se firmara Eugenio Scalfari. Evidentemente, cada uno de estos amigos suyos tiene su propio nombre. Nada de malo en ello, bien entendido, pero, ¿quién sabe?" Los amables lectores dirán que soy el burlón de siempre, pero si prestaran atención ejemplos de esta técnica se encuentran también en los diarios. En un artículo que comentaba la designación de Gianni Riotta como subdirector de La Stampa, con aire casual se dejaban caer algunas noticias del género, precisamente, "a buen entendedor..." Las noticias eran las mismas que Riotta, en caso de que debiera escribir una autobiografía, contaría en seguida: en qué periódicos ha colaborado, quiénes son sus amigos, qué ha dicho la crítica de sus libros, etcétera. Va de suyo que todas esas noticias eran absolutamente verídicas. Y naturalmente eran de público dominio. Era tan sólo el modo de enunciarlas lo que las hacía aparecer alusivas y sospechosas. Me imagino que cualquier servicio secreto habría cortado en seguida la página para insertarla en un legajo.
Traducción de Jorge Ortiz Barili
(*) Enrico Berlinguer (1922-1984), jefe del Partido Comunista italiano. (N. del T.)
La Nación. 06-06-1999
