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La Coctelera

UMBERTO DE BOLONIA

UN SITIO EN LA WEB DONDE COMPARTIR LOS TEXTOS Y EL PENSAMIENTO DE UMBERTO ECO

15 Marzo 2007

Amar a Estados Unidos y marchar por la paz

El mal hace daño. No digo nada nuevo si recuerdo que la finalidad principal de cualquier acción y movimiento terrorista es desestabilizar el campo de aquellos a quienes ataca. Desestabilizar quiere decir poner nerviosos a los demás, hacer que sean incapaces de reaccionar con calma, que sospechen unos de oros. Ni el terrorismo de derechas ni el de izquierdas han conseguido, a fin de cuentas, desestabilizar, por ejemplo, a Italia. Por eso han sido derrotados, por lo menos en su primera y más temible ofensiva. Pero en el fondo, se trataba de fenómenos provincianos.
El terrorismo de Bin Laden (y en cualquier caso, de la amplia franja fundamentalista que representa) es evidentemente mucho más hábil, difuso y eficiente. Ha conseguido desestabilizar al mundo occidental, después del 11 de septiembre, evocando antiguos fantasmas de lucha entre civilizaciones, guerras de religión y choques entre continentes. Pero ahora está consiguiendo un resultado mucho más satisfactorio: después de haber hecho más profunda la fractura entre el mundo occidental y el tercer mundo, ahora está fomentando profundas fracturas en el interior del propio mundo occidental.
Es inútil hacerse ilusiones: se están perfilando conflictos (no bélicos, pero, desde luego, morales y psicológicos) entre Estados Unidos y Europa, y una serie de fracturas en el interior de la propia Europa, cierto antiamericanismo francés latente empieza a dejarse oír en voz más alta y (¿lo habríamos imaginado alguna vez?) En Estados Unidos vuelve a esta de moda el apodo comedores de ranas con el que antaño se designaba a los franceses.
Para mantener los nervios a raya habrá que recordar ante todo que estas fracturas no enfrentan a los estadounidenses con los alemanes, a los ingleses con los franceses. Al asistir a las protestas contra la guerra que están surgiendo en ambas orillas del Atlántico, intentamos recordar que no es cierto que “todos los estadounidenses quieren la guerra” y tampoco que “todos los italianos quieren la paz”. La lógica formal nos enseña que basta con que un solo habitante del globo odie a su madre para no poder decir “todo los hombres quieren a su madre”. Sólo se puede decir “algunos hombres quieren a su madre”, y “algunos” no quiere decir necesariamente “pocos”, también puede querer decir el 99%.
Pero tampoco el 99% se traduce como “todos”, sino como “algunos”, que precisamente quiere decir no todos. Hay pocos casos en los que se puede usar el llamado cuantificador universal “todos”: con seguridad, sólo para la afirmación “todos los hombres son mortales”, porque hasta hoy, incluso los dos de los que se piensa que resucitaron, Jesús y Lázaro, en un determinado momento dejaron de vivir y pasaron por el miedo de la muerte. Por lo tanto, las fracturas no son entre los todos de una parte y los todos de la otra:: son siempre entre algunas de las dos (o tres, o cuatro) partes. Parece una minucia, pero sin este tipo de premisas se cae en el racismo.
En lo más vivo, y sangriento aunque todavía no sangrante, de estas fracturas, se oyen cada día afirmaciones que se vuelven fatalmente racistas, del tipo “todos los que temen la guerra son aliados de Sadam”, pero también “todos los que consideran indispensable el uso de la fuerza son nazis”. ¿Intentamos razonar?
Hace unas semanas un crítico inglés hablaba, por otra parte en un tono general favorable, de mi librito Cinco escritos morales, traducido hace poco en su país. Pero cuando llegó a la página en que escribo que la guerra debería convertirse en tabú universal, comentaba sarcásticamente: “Que vaya a decírselo a los supervivientes de Auschwitz”. Quería decir que si todos hubieran sentido horror por la guerra no se habría producidos ni siquiera la derrota de Hitler y la salvación (desgraciadamente, sólo de “algunos”) de los judíos encerrados en los campos de exterminio.
Ahora bien, esto me parece un razonamiento como mínimo injusto. Yo puedo sostener (y de hecho sostengo) que el homicidio es un crimen inadmisible y no me gustaría matar a nadie en mi vida, pero si un tipo armado con un cuchillo entrara a mi casa y quisiera matarnos a mí o alguno de mis seres queridos, haría lo posible por detenerlo rompiéndole una silla en la cabeza, y si quedara en el sitio no sentiría el más mínimo remordimiento. De igual forma, la guerra es un crimen y el culpable que desencadenó la guerra mundial se llamaba Hitler: si luego, una vez que la desencadenó, los aliados se movilizaron y opusieron violencia a violencia, hicieron naturalmente bien, por que se trataba de salvar al mundo de la barbarie. Eso no quita que la Segunda Guerra Mundial haya sido algo atroz, que haya costado 55 millones de víctimas y que habría sido mejor que Hitler no la hubiera desencadenado.
Una forma menos paradójica de objeción es ésta: “¿Por lo tanto, admites que estuvo bien que Estados Unidos interviniera militarmente para salva a Europa e impedir que el nazismo erigiera campos de exterminio también en Liverpool o Marsella?”. Desde luego, respondo, hicieron bien, y para mí permanece como un recuerdo imborrable la emoción con la que a los trece años fui al encuentro del primer regimiento de liberadores estadounidenses (entre otras cosas, un regimiento de negros) que llegaba a la pequeña ciudad adonde me habían evacuado. El cabo Joseph, que me dio los primeros tebeos de Dick Tracy, se hizo pronto amigo mío. Pero a esta objeción, después de mi respuesta, sigue otra: “¡Por lo tanto, los estadounidenses hicieron bien en arrancar de raíz la naciente dictadura nazifacista!”.
La verdad es que no sólo los estadounidenses, sino tampoco los ingleses y los franceses, acabaron con las dos dictaduras cuando estaban naciendo. Al fascismo intentaron contenerlo, amansarlo e incluso aceptarlo como intermediario hasta principios de 1940 (con algún acto demostrativo, como las sanciones, pero poco más), y al nazismo le dejaron expandirse durante algunos años. Estados Unidos intervino después de que los japoneses atacaran Pearl Harbor y, entre otras cosas, corremos el riesgo de olvidar que fueron Alemania e Italia, después de Japón, quienes declararon la guerra a Estados Unidos, y no al contrario (sé que a los más jóvenes esto les puede parecer una historia grotesca, pero ocurrió así.
Estados Unidos esperó para entrar en el conflicto, a pesar de la tensión moral que le empujaba a hacerlo, por razones de prudencia, porque no se sentía bastante preparado, e incluso que en su seno había simpatizantes (famosos)n del nazismo, y Roosvelt tuvo que hilar muy fino para arrastrar a su pueblo a ese acontecimiento.
¿Hicieron mal Francia e Inglaterra en guardar –esperando frenar el expansionismo alemám- a que Hitler invadiera Checoslovaquia? Quizá, y se ha ironizado mucho sobre las maniobras desesperadas de Chamberlain para salvar la paz. Eso nos dice que a veces se puede pecar de prudencia, pero que se intenta todo lo posible con tal de salvar la paz, y por lo menos al final quedó clara que fue Hitler quien empezó la guerra y que, en consecuencia, tenía toda la responsabilidad.
Por lo tanto, me parece injusta la primera página de ese diario estadounidense que publicó una foto del cementerio de los valientes yanquis muertos por salvar a Francia (y es verdad) advirtiendo que ahora Francia está olvidando esa deuda. Francia, Alemania y todos aquellos que encuentra prematura una guerra preventiva hecha ahora y sólo en Irak no están negando solidaridad a Estados Unidos en un momento en el que está, por así decirlo, rodeado por el terrorismo internacional.
Sólo sostenemos, como piensan muchas personas con sentido común, que un ataque a Irak no derrotaría al terrorismo, sino que probablemente (y en mi opinión seguramente) lo potenciaría, y llevaría a las filas terroristas a muchos que ahora se encuentran en condiciones de perplejidad y prudencia, piensan que el terrorismo capta adeptos que viven en Estados Unidos y en Europa, y su dinero no está depositado en bancos de Bagdad, pero pueden recibir armas, químicas o no, también de otros países.
Intentemos imaginar que, antes del desembarco de Normandía, De Gaulle se hubiese empeñado, en vista de que tenía sus tropas en los territorios de ultramar, en exigir un desembarco en la Costa Azul. Los estadounidenses y los ingleses probablemente se habrían opuesto, alegando numerosos razones: que en el Tirreno no había todavía, al este tropas alemanas que controlaban las costas italianas al menos en el golfo de Génova, o que desembarcando al norte tenían a sus espaldas a Inglaterra y era más seguro hacer que las tropas de desembarco transitara por la Mancha en vez de navegar por todo el Mediterráneo. ¿Habríamos dicho que Estados Unidos apuñalaba a Francia por la espalda? No, habrían expresado in desacuerdo estratégico y, en efecto, considero que era más razonable desembarcar en Normandía. Habrían usado todo su peso para inducir a DE Gaulle a no realizar una operación estéril y peligrosa. Nada más.
Otra objeción que circula es ésta, y me la plateó hace poco un señor muy importante y digno de alabanza por los esfuerzos realizados desde hace años en misiones de paz: “Pero Sadam es un dictador feroz, y su pueblo sufre bajo un sangriento dominio. ¿Es que no vamos a pensar en los pobre iraquíes?". Pensamos en ellos, desde luego, pero ¿estamos pensando en los pobres coreanos del norte, en quienes viven bajo el yugo de tantos dictadores africanos y asiáticos, en quienes se han visto dominados por dictadorzuelos de derechas apoyados y alimentados para impedir revoluciones de izquierdas en América del Sur?
¿Se ha pensado alguna vez en liberar con una guerra preventiva a los pobre ciudadanos rusos, ucranios, estonios y uzbecos que Stalin mandaba a los gulag? No, porque si hubiera que declara la guerra a todos los dictadores, el precio, en términos de sangre y de riesgo atómico, sería enorme. Y por lo tanto, como se hace siempre en política, que es realista incluso cuando se inspira en calores ideales, se han dado largas, intentando obtener el máximo con medio no cruentos: la opción ganadora, entre otras cosas, en vista de que las democracias occidentales al final han conseguido eliminar la dictadura soviética sin lanzar bombas atómicas. Se ha necesitado alfo de tiempo; alguno, mientras tanto se ha dejado la piel, y lo sentimos, pero nos hemos ahorrado algunos cientos de millones de muertos.
Son pocas observaciones, pero suficientes, espero, para da a entender la situación en la que nos encontramos no consiente, y precisamente debido a su gravedad, estos cortes tajantes, divisiones de campo, condenas del tipo "si piensas así eres nuestro enemigo". También esto sería fundamentalismo. Se puede amar a Estados Unidos, como tradición, como pueblo, como cultura y con el respeto que se debe a quien ha ganado a pulso los galones de país poderoso del mundo, se puede haber estado golpeado en la más de un año, sin por ello eximirnos de advertirle que su Gobierno está tomando una decisión equivocada y debe sentir no nuestra traición, sino que nuestro franco desacuerdo. De otro modo, lo que se habría conculcado sería el derecho al desacuerdo. Y eso sería precisamente lo contrario de lo que nos enseñaron a nosotros, jóvenes de entonces, después de años de dictadura, los libertadores de 1945.
El País. 23 - 02 - 2003

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14 Marzo 2007

Y así le puse el Nombre de la Rosa. Entrevista de Eugenio Gnoli

Hace 25 años, Umberto Eco publicó "El nombre de la rosa", libro apasionante y erudito que recorre, a modo de novela policial, los problemas filosóficos centrales de la Edad Media. En esta charla, responde preguntas frecuentes: ¿cómo explicar la popularidad de una obra con profusos, intraducidos párrafos en latín?, por ejemplo. Además, cuenta algunos secretos del libro y muestra los dibujos que bocetaron y dieron forma y nombre al fenómeno de esa rosa.
Hace veinticinco años, pocos habrían imaginado que una novela cargada de ironía y de doctrina, sorprendente en su amplitud y erudición, a mitad de camino entre lo teológico y lo policial, se convertiría en lo que todo escritor espera que suceda pero no confiaría ni siquiera a su mamá: el sueño de 15 millones de ejemplares.
El nombre de la rosa fue eso. Pero también otra cosa, agregaría. Tratemos de imaginar al autor. Un señor de cincuenta años que un buen día decide dedicarse a la narrativa y lo hace de la manera más arriesgada. ¿Qué lector tendrá la voluntad penitencial de leer una crónica medieval novelada, salpicada sí de delitos e intrigas, pero también llena de difíciles citas en latín y controversias teológicas? Tiene que estar un poco loco este semiólogo, de cierta fama internacional, para ambientar su historia en la primera mitad del siglo XIV y elegir como lugar de la acción una abadía aislada, atrincherada en las pendientes de una montaña del norte de Italia.
Cuando no enseña en la universidad, cuando no toca la flauta dulce, o cuando no inventa divertidos juegos de palabras, se encierra en una austera biblioteca donde compulsa tratados medievales, crónicas de herejes, libros sobre historias menores y desconocidas. Se ha dado cuenta de que la experiencia a la que quiere dar cuerpo y alma es más compleja de lo que imaginaba. Y pensar que todo nació como una broma, un desafío, un pasatiempo, una parodia. Ahora descubre que para contar no basta con la fantasía, no basta con su bella tesis sobre Tomás de Aquino. Hacen falta paciencia, escrúpulo, preparación. Se siente como un atleta que cambia de especialidad. La empresa le da resultado. Ocho meses después de la publicación del libro, exactamente el 9 de julio de 1981, El nombre de la rosa, gana el premio Strega. Es un reconocimiento que consagra un libro que ya vendió 300 mil ejemplares y está a punto de convertirse en un caso mediático de proporciones monstruosas. Más tarde aprendimos a conocer el talento narrativo de ese profesor, y la rara capacidad de hacer convivir felizmente al estudioso y al novelista. No obstante, pasados veinticinco años subsiste el misterio del hombre que supo darle el nombre justo a la rosa.
Por eso voy a ver a Umberto Eco a su casa milanesa, para comprender la parte menos visible de su éxito, el trabajo que requirió, las huellas que dejó. De un lugar poco accesible, en lo alto de la inmensa biblioteca saca un sobre con los dibujos originales de la novela. Dice: "En realidad, una biblioteca estadounidense quiso comprarlos, pero me resistí". Eco se baja de la escalera, apoya la carpeta y se dirige a otro lugar de la biblioteca. La mano toma con firmeza un tomo del Traité des poisons (Tratado de los venenos). El libro tiene casi dos siglos, edición Crochard, 1815. "Se lo compré por unos pocos francos a un bouquiniste del Sena; pensé que encontraría una idea para ambientar los homicidios que tienen lugar en la abadía".
Sorpresivamente, abre una habitación cerrada con llave. "Aquí están los libros que fui consultando para las sucesivas novelas." Tiene todo el aspecto de ser un estudio secreto, un espacio poco iluminado, pero sugestivo. Sobre la mesa hay un atril con las planchas originales de una historieta. En las paredes, textos raros: investigaciones sobre Rosacruz, primeras ediciones de Ulisse Aldrovandi. En el estante de la biblioteca, dentro de un recipiente cilíndrico de vidrio, flotan, irreconocibles, los testículos de un perro. Eco sonríe: "Los menciono en mi última novela". Pero es tiempo de volver a la primera.
- —¿Qué es lo que no sabemos todavía de El nombre de la rosa?
- —Todos piensan que la novela fue escrita en computadora, o que usé máquina de escribir. En realidad, la primera versión fue hecha con lapicera. Pero recuerdo que pasé un año entero sin escribir una sola línea. Leía, hacía dibujos, diagramas, en suma, inventaba un mundo. Dibujé cientos de laberintos y plantas de abadías, basándome en otros dibujos, y en lugares que visitaba.
- —¿Por qué esa exigencia visual?
- —Era una manera de tomarle confianza al ambiente que estaba imaginando. Por ejemplo, necesitaba saber cuánto tardaban dos personajes en ir de un lugar a otro. Y eso definía también la duración de los diálogos que, por otra parte, no estaba tan seguro de poder lograr.
- —Entiendo los lugares, pero ¿por qué dibujar también a los monjes de la abadía?
- —Necesitaba reconocer a mis personajes, mientras los hacía hablar o actuar, de lo contrario no habría sabido qué hacerles decir.
- —Dos años después de la publicación de la novela, usted agrega un apéndice con las - Apostillas al nombre de la rosa- , abandonando así su idea de que una novela camina por su cuenta y el autor debe desinteresarse.
- —Podría responder que en ese momento tenía en mente las explicaciones que Thomas Mann había tratado de dar del Doctor Faustus. Pero la verdad es que habían surgido muchos debates alrededor de la novela. Y en mi apostilla, si se lee con atención, se verá que mis consideraciones son externas al libro.
- —A veces da la sensación de que usted no soporta más la repercusión que tuvo la novela. ¿Se siente asediado?
- —Es fatal sentirse acorralado. Por otro lado, constatar que en torno de El nombre de la rosa se editaron miles de páginas de crítica, centenares de ensayos, libros y textos de monografías —la última me llegó la semana pasada— me hace sentir bastante obligado a pronunciarme sobre algunas cuestiones de poética. Es legítimo que un autor declare cómo trabaja, mientras que la crítica interviene respecto del modo en que se lee un libro.
- —¿El hecho, entonces, de que - El nombre de la rosa- sea una obra "abierta" depende más de los otros que de usted?
- —Depende de la novela y no de lo que digo después. Si bien hago alusión, como en las apostillas, a lo posmoderno, no hay nada que obligue a leer el libro de determinada manera.
- —Llamaba la atención, en esas páginas de explicación, el uso reductivo que usted hacía del término "posmoderno".
- —El hecho es que "posmoderno" es una especie de paraguas que termina por cubrir todo. Fue inventado en arquitectura y después lo usó la literatura. En los Estados Unidos tenía un significado diferente del que encontramos en Francia en los libros de Lyotard. Como ve, es un lío. Si queremos restringir el significado, y yo citaba a John Barth, es necesario ir a la Segunda Intempestiva, donde Nietzsche sostiene que estamos tan cargados de historia que podríamos morirnos a menos que la releamos irónicamente.
- —¿Podría decirse que con - El nombre de la rosa- usted realizó una operación moderna irónica sobre un gran fresco medieval?
- —Digamos, como sucede con otras obras, que mi novela puede tener dos o más niveles de lectura. Si la comienzo diciendo: "Era una noche oscura y tormentosa" el lector ingenuo, que no comprende la referencia a Snoopy, gozará en un nivel elemental, y la cosa puede terminar ahí. Después está el lector de segundo nivel que capta la referencia, la cita, el juego y por lo tanto sabe que se está haciendo, sobre todo, ironía. Llegado a ese punto, podría agregar un tercer nivel, dado que el mes pasado descubrí que la frase es el incipit de una novela de Bulwer-Lytton, el autor de los Ultimos días de Pompeya. Es obvio que también Snoopy estaba probablemente citando.
- —La sutil ironía literaria, hecha de citas, referencias, alusiones es un homenaje a la inteligencia pura. Pero, ¿no existe el riesgo de que la elaboración de la página termine teniendo poca narración y mucha cabeza?
- —No son asuntos míos. Yo puedo ocuparme legítimamente de apostillas, de esta charla, del hecho de que la novela fue escrita en una época en la que se hablaba mucho de dialogismo intertextual y de Bajtin. Si después usted señala que de esa manera muy pocos la leerán, yo le respondo: es cosa del lector, no mía.
- —Es una afirmación muy perentoria.
- —La verdad es que cuando salió El nombre de la rosa fui sometido a una auténtica ducha escocesa. ¿Por qué hizo un libro difícil que nadie entiende? Y yo respondo como el guerrero africano de Hugo Pratt: porque me gusta. ¿Y entonces por qué hizo un libro popular que todos quieren leer? Pongámonos de acuerdo, ¿es difícil o popular?
- —Paradójicamente es ambas cosas.
- —En ese sentido, propondría un planteo interesante: hoy es popular un libro difícil porque está naciendo una generación de lectores que quiere que la desafíen.
- —Es una explicación sociológica.
- —De acuerdo, aunque es mejor que jugar con la idea contradictoria del libro difícil pero popular.
- —A mí me parece una novela que gratifica a las personas. Las hace sentir más cultas de lo que son.
- —No estoy tan seguro. El lector ingenuo que confiesa qué frustración enorme es no haber comprendido las citas en latín, no se siente en absoluto gratificado. O deberíamos llegar a la conclusión de que es un tipo de lector que disfruta sintiéndose estúpido.
- —Digamos que advierte un problema y se lo plantea.
- —Y ese es un modo diferente de reformular mi hipótesis, o sea que hay una categoría de lectores que desea una aventura literaria más exigente. ¿Cómo sobrevivirían, si no, muchos escritores contemporáneos?
- —Tengo la impresión de que usted busca una respuesta a un problema insondable. ¿Qué decreta el éxito de un libro como - El nombre de la rosa- ? Reconocerá que en definitiva tiene algo de misterioso.
- —Es cierto, yo estoy buscando explicaciones. Pero sólo porque usted me lo pide. Si de mí dependiera, prescindiría de eso. Lo que sé y que comprendí es que si El nombre de la rosa hubiera salido diez años antes, tal vez nadie se habría enterado, y si salía diez años después, tal vez habría sido igualmente ignorado.
- —Hay un ejemplo que tenemos ante nuestros ojos hoy: - El Código da Vinci- de Dan Brown. ¿Considera que si hubiera salido en otro momento no habría tenido el mismo éxito?
- —Dudo que, de haber salido estando Paulo VI, El Código da Vinci hubiera interesado a la gente. La explicación del fenómeno que se generó en torno de una novela policial, en definitiva bastante modesta, es que remite quizás a la gran teatralización de los hechos religiosos ocurrida durante el pontificado de Juan Pablo II. En la novela de Dan Brown hubo una inversión teológica de parte de la gente. Digámoslo de esta manera: escribió un libro que salió en el momento justo.
- —Es precisamente la idea de "momento justo" la que tiene algo de insondable.
- —Creo en el Zeitgeist, en ese espíritu del tiempo que permite percibir las cosas y gracias al cual uno recibe incitaciones que se traducen en algo completo y definido. De lo contrario, no podría explicarme por qué precisamente en 1978, y no antes, se me ocurrió hacer El nombre de la rosa. Aunque debo reconocer que ya en tiempos del Gruppo 63 había pensado en escribir una novela.
- —¿Qué forma pensaba darle?
- —Imaginaba un colage de obras salgarianas: la tormenta en Mompracem, un diamante grande como una nuez, las pistolas con la culata llena de arabescos. En suma, una operación irónica sobre la literatura.
- —¿Por qué abandonó la idea?
- —Sentía que no era el momento apropiado y debía dejar reposar la idea.
- —En el fondo, hizo una operación análoga algunos años después con - El nombre de la rosa- . ¿Por qué eligió ese título?
- —Era el último de una lista que incluía entre otros La abadía del delito, Adso de Melk, etcétera. Todos los que leían la lista decían que El nombre de la rosa era el mejor.
- —Es también el cierre de la novela, la cita latina.
- —Que yo inserté para despistar al lector. Pero el lector lo que hizo fue seguir todos los valores simbólicos de la rosa, que son muchísimos.
- —¿Le molesta el exceso de interpretación?
- —No, soy de los que piensan que a menudo el libro es más inteligente que su autor. El lector puede encontrar referencias que el autor no había pensado. No creo tener derecho a impedir que se saquen ciertas conclusiones. Pero tengo el derecho de obstaculizar que se saquen otras.
- —Explíquelo un poco mejor.
- —Los que, por ejemplo, en la "rosa" encontraron una referencia al verso de Shakespeare "a rose by any other name", se equivocan. Mi cita significa que las cosas dejan de existir y quedan solamente las palabras. Shakespeare dice exactamente lo opuesto: las palabras no cuentan para nada, la rosa sería una rosa con cualquier nombre.
- —La imagen de la rosa termina la novela. Pero el verdadero problema para un escritor, sobre todo si es debutante, es cómo iniciarla. ¿Con qué disposición mental, con qué dudas se puso frente a la primera página?
- —En un primer momento la idea era escribir una especie de policial. Después, me di cuenta de que mis novelas nunca empezaron a partir de un proyecto, sino de una imagen. Y en la imagen que se me aparecía me recordaba a mí mismo en la Abadía de Santa Escolástica, frente a un atril enorme donde leía las Acta Sanctorum y me divertía como loco. De ahí la idea de imaginar a un benedictino en un monasterio que mientras lee la colección encuadernada del manifesto muere fulminado.
- —Un homenaje irónico a la actualidad.
- —Demasiado actual, y entonces pensé que sería mejor retrotraer todo al medioevo. La idea de que un fraile muriera hojeando un libro envenenado me parecía eficaz.
- —¿Cómo se le ocurrió?
- —Pensaba que era una creación de mi fantasía. Después descubrí que existe ya en las Mil y una noches y que Dumas la había copiado en el ciclo de los Valois. O sea que es un viejo topos literario. Siendo un narrador de citas, me divirtió.
- —Usted al principio mencionaba el - Tratado sobre los venenos- del catalán Mateu Orfila. ¿Realmente pensaba que encontraría allí una respuesta a sus dilemas toxicológicos?
- —Fue un intento, pero el libro resultó inservible. Entonces le pedí ayuda a un amigo mío químico. Le escribí una carta muy detallada. Después le pedí que la tirara, no sea cosa que cualquier día alguien que conozco muera por accidente envenenado del mismo modo, encuentran la carta y me dan treinta años de cárcel.
- —En un primer momento usted no tenía intención de darle - El nombre de la rosa- a Bompiani.
- —Era la editorial en la que había trabajado y publicado todos mis libros. Es evidente que la habrían tomado sin abrirla. Pero en un primer momento pensé entregársela a Franco Maria Ricci. Pensaba en una tirada de mil ejemplares en una encuadernación fina.
- —¿Y en cambio?
- —Corrió el rumor de que Eco había escrito una novela. Primero me llamó por teléfono Giulio Einaudi, después, me parece, Paolini de Mondadori. La tomaban sin discutir. A esa altura ya daba lo mismo que la publicara con mi editor.
- —En Francia la novela salió en Grasset, después de haber sido rechazada por Seuil. ¿A qué se debió el rechazo?
- —Seuil había publicado Opera aperta. Fran©ois Wahl, que era el director editorial, me pidió el manuscrito. Debió pensar que no soy precisamente un desconocido. El hecho es que recibí una carta en la que me escribía: "Estimado Umberto, la novela es interesante, pero la ballena es demasiado grande para hacerla caminar". Grasset tomó el libro y con Wahl seguimos siendo amigos.
- —Para ser una novela de nicho no está mal. - El nombre de la rosa- se publicó en 35 países. ¿Qué sensación le da saberse consagrado a nivel internacional?
- —Más que la fama, que de todas maneras no hace mal, mi gratifican las cartas de los lectores. Y desde ese punto de vista, Estados Unidos fue una verdadera sorpresa. Me escribían no solamente de San Francisco o Nueva York sino del Midwest. Uno escribió diciendo que el solo hecho de haber nombrado a Eckhart, el gran místico, le traía a la memoria un antepasado suyo europeo con el mismo nombre. Para muchos de ellos, era una manera de conocer sus propios orígenes.
- —Es gracioso. Sale con la idea de hacer una novela de mil ejemplares y llega a vender millones. Pero el éxito puso a la crítica en su contra.
- —Se llegó al punto cómico en que un crítico que había reseñado el libro enseguida y a favor, posteriormente tomó distancia.
- —Usted salía de la experiencia del vanguardista Gruppo 63. No creo que los integrantes recibieran muy bien su novela. Sanguineti dijo que su sonrisa franciscana le recordaba la sonrisa de la acción católica.
- —Si es por eso, también Manganelli expresó reservas similares sobre la novela. A propósito de la sonrisa, recuerdo que en esa época yo decía que antes de morir quería escribir un libro fundamental de estética de la risa que intentaría de todas las maneras posibles no publicar. Así después de mi muerte se harían muchas tesis de graduación sobre ese libro fantasma.
- —¿Lo que volveremos a encontrar en la novela es la idea del capítulo desaparecido de la - Poética- de Aristóteles?
- —De alguna manera.
- —Volvamos a la crítica. No lo veo afectado por el distanciamiento del Gruppo 63.
- —Mi opinión es que si no hubiera existido el Gruppo 63 yo no habría escrito El nombre de la rosa. Y si de todos modos hubiera escrito una novela, la habría escrito probablemente como Carlo Cassola. O, si me iba bien, como el primer Calvino. Al Gruppo 63 le debo la propensión a la aventura otra, al gusto por las citas y al colage. Con una diferencia: ellos eran minimalistas. Mientras que yo he tratado de impulsar la literatura a una dimensión maximalista. Nos unía, en todo caso, el mismo gusto.
- —Con "maximalismo" ¿se refiere a su propensión al gusto por la deformación paródica?
- —¿Qué es, por ejemplo, Diario mínimo si no un juego literario de pastiches y deformaciones? Forma parte de mi clave, no sabría hacer otras cosas. Nunca habría podido escribir El molino del Po. Me siento más cómodo con Palazzeschi que con Bacchelli. Siempre he sido un escritor paródico.
- —Tal vez por eso la crítica nunca lo quiso. ¿Qué fiabilidad tiene un crítico? Se lo pregunto porque en el fondo usted también, en cierto modo, es de la partida.
- —No soy un crítico. Analizo libros para poner a prueba teorías literarias, no para decir si son buenos o malos. No es que la crítica no me haya querido nunca, hay reseñas y ensayos que me han dado muchísimo placer. Pero es que sobre mí he leído de todo. Y mire que soy lo bastante equilibrado como para escandalizarme también por una reseña que es positiva por las razones equivocadas.
- —¿Cómo reacciona a una crítica negativa?
- —No me hago ningún drama. Cuando me doy cuenta de que se puede decir lo contrario de todo, entonces llego a la conclusión de que la crítica es una simple reacción de gusto.
- —¿Cómo hace, siendo un intelectual que ama las reglas y la claridad, para tener una gran curiosidad por lo deforme, lo monstruoso, lo irracional?
- —Me viene a la mente la comedia de Govi Colpi di timone. Haciendo girar el timón se zigzaguea. Zigzaguear es viajar contra el viento: un poco hacia un lado otro poco hacia el otro. Considero que la poética del zigzagueo forma parte de mi actividad intelectual. Puedo escribir un ensayo sobre Tomás de Aquino y acto seguido una parodia sobre el mismo tema. Justamente como girar el timón. Zigzagueo para no tomarme demasiado en serio lo que hago. Dicho esto, ¿le haría una pregunta así a Rabelais? Le preguntaría: "¿Por qué te gusta lo deforme?" El respondería: "Porque soy Rabelais". Mientras que al pobre Tasso nadie le haría semejante pregunta.
- —Se nace escritor teniendo dentro cierta idea del mundo. Usted escribió cinco novelas. - El nombre de la rosa- vendió en Italia 5 millones de ejemplares; - El péndulo de Foucault- , 2 millones, después un millón y medio las otras dos; por último, 500 mil ejemplares con - La misteriosa llama de la Reina Loana- . Que su mayor éxito haya sido la novela inicial, ¿qué le hace pensar?
- —Hay autores afortunados que alcanzan el pico de ventas al final de su vida y autores desgraciados que lo alcanzan al comienzo. Cuando se vende tanto al comienzo, después por más que escriba La Divina Comedia nunca más se alcanzan esas cifras.
- —¿Considera como una especie de condena el hecho de que, haga lo que haga, se volverá siempre indefectiblemente a - El nombre de la rosa- ?
- —Lo es sin ninguna duda. Pero también es una ley de la sociología del gusto, o mejor dicho, de la sociología de la fama. Si uno se hace famoso por haber matado a Billy de Kid, cualquier cosa que haga después —desde llegar a ser presidente de Estados Unidos, hasta descubrir la penicilina— a los ojos de la gente seguirá siendo siempre "el que mató a Billy de Kid".

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13 Marzo 2007

Una lengua internacional perfecta

Pensamiento 1. Las nuevas tecnologías crean siempre síndromes de hiperentusiasmo y síndromes de rechazo. Justamente no hace mucho participé de una mesa redonda en Bélgica, en la que se afirmaba que con las comunicaciones vía Internet, y especialmente con las chat lines, se iba hacia la realización de esa lengua internacional perfecta, soñada por los utopistas de todos los siglos. Naturalmente, se trata de una barbaridad. El lenguaje de las chat lines, hecho de expresiones abreviadas, emoticons (esas caritas con sonrisa y otros signos que indican alegría, ironía o mal humor), y grandes licencias ortográficas, no es un lenguaje perfecto, sino más bien un instrumento de intercambio elemental. Si a cosa alguna puede asemejarse es al pidgin, y, como se sabe, el pidgin es un lenguaje muy primitivo, hablado por colonizados, incapaz de expresar conceptos complejos.
En todo caso, la utilidad de Internet reside en el hecho de que, navegando, navegando, podemos encontrar textos escritos en buen romance, y será de ahí de donde aprenderemos algo. Empero, era tanto como para referirnos a la facilidad con que nos entusiasmamos ante la novedad. Del mismo modo, a veces es motivo de desaliento sin razón.
Mi amigo Raffaele La Capria, con la simpatía que lo caracteriza, lamentaba en el Corriere della Sera dos incidentes que le habían sucedido. El primero, que había descubierto que el editor Colonnese conseguía vender algunos ejemplares de uno de sus cuentos incluyéndolos en las bomboneras de casamiento. Comprendo que, en un primer momento, se pudiera experimentar cierta contrariedad pensando que la obra del propio ingenio va a parar a las manos de quien la tirará después de comerse los bombones, pero quizá se trate de un pensamiento exageradamente laico. Desde una perspectiva más religiosa sería cuestión de pensar que las vías del Señor son infinitas y que bastaría con que un solo ejemplar de los cuentos, olvidado en una gaveta, fuera descubierto quince años más tarde por el hijo de aquel matrimonio, abriéndoles la mente y la fantasía a las bellezas de la literatura, y he aquí cómo ese aparentemente infame mercado no habría resultado tan infame al fin de cuentas.
Catálogos on line
Pero con lo que no concuerdo es con la segunda lamentación, concerniente al hecho de que los libros se venden ahora a través de los catálogos on line. Nadie comprende más que yo la belleza de hurgar en los anaqueles de las librerías o los puestos callejeros, y de la adquisición de libros después de haberlos olfateado y tocado, pero es un hecho que en estos tiempos existe lo que llaman catálogos de imprenta (los cuales entre otras cosas consienten lecturas apasionantes y hallazgos) y que, catálogo mediante, ordenan los libros los directores de bibliotecas, los estudiosos interesados en obras científicas muy específicas (publicadas en inglés por editoriales casi siempre holandesas, y que se venden solamente por correo), las personas cultas residentes fuera de los grandes centros (y por tanto la mayor parte de los norteamericanos cultos, que generalmente adquieren sus libros vía mailing) y finalmente los coleccionistas de libros antiguos, que muchas obras las compran después de haberlas tocado y hojeado, pero otras muchas se ven obligados a comprarlas a través del catálogo (donde el catálogo, si el anticuario es serio, especifica también el número y extensión de las rayas de agua y otras características tipográficas, de manera que el experto tiene virtualmente la impresión de estar viendo y palpando el libro descrito).
El caballo inspira respeto
¿Qué diferencia existe entonces entre un catálogo de las editoriales y un catálogo vía Internet? Ninguna, salvo que con Internet uno puede buscar de inmediato el título y el autor y después localizar el catálogo que lo contiene, mientras que los catálogos de ediciones hay que hojearlos uno por uno. Por lo cual no concuerdo con La Capria, que considera humillante esa práctica por más que, repito, yo también prefiero recorrer los puestos callejeros.
Pensamiento 2. El otro día, pasando rápidamente por el centro de Milán en taxi, me pareció ver no dos carabinieri, sino dos agentes de policía a caballo. Supongo que no estarían allí por algún desfile, sino en servicio de orden normal, en el marco de una renovada atención de la seguridad de los ciudadanos. En efecto, nunca se reflexiona bastante acerca de cuán eficaz puede ser un policía a caballo. Con un automóvil no puede alcanzar al criminal en fuga, pues le bastará con meterse por una galería; si se traslada en motocicleta será muy vulnerable ya que un simple empujón lo libraría de él; a caballo, en cambio, puede aterrorizar a una muchedumbre en tumulto, dominar desde arriba a los fugitivos, entrar por dondequiera que sea. De hecho, policías a caballo se emplean a veces en Nueva York.
Hay ciertas cosas que existen en la naturaleza y que, al fin y al cabo, resultan tecnológicamente más eficaces que las que hemos inventado después. El caballo es una de ellas. Se lo ha redescubierto y utilizado de nuevo. Espero que no se considere demasiado represiva la idea, pues la verdad es que la policía a caballo hace pensar en Bava Beccaris. Pero es buena también para los arrebatadores en motocicleta.
Traducción de Jorge Ortiz Barili
La Nación. 22 - 08 - 1999

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12 Marzo 2007

El empecinado recurso de la pena de muerte

Ustedes seguramente recuerdan la historia del que se lamenta de que su mujer le pida dinero todos los días. A quien le pregunta en qué lo gasta su mujer, le responde: "No lo sé, nunca se lo doy".

Tengo la impresión de ser la mujer del personaje en cuestión, cuando vuelvo a insistir en la disquisición sobre la pena de muerte. Pero no soy yo el empecinado, son los otros los que se hacen los desentendidos. Después de un crimen execrable (en este caso por la crónica de los secuestros) llegan a los diarios cartas en las que se inquiere si no sería cuestión de reimplantar la pena de muerte.

Uno de los principios en que se fundan toda ley humana y los dictámenes de toda religión practicada en el mundo civil establece que no se debe matar. Salvo por algunas confesiones que predican la resistencia pasiva, se admite una excepción: la legítima defensa. Una extensión del principio de legítima defensa es la guerra defensiva. Pero, sabiendo que el agresor nos atacará mañana, ¿es lícito prevenirse y atacarlo antes?

Reglas morales

Es un problema de actualidad, y las respuestas son múltiples. Sin embargo, las guerras se originan de modo diverso unas de otras, y a veces podemos vernos envueltos en una guerra sin habernos dado cuenta siquiera. Como la mecánica de los acontecimientos no siempre depende de la voluntad de los individuos, no se pueden establecer cánones morales definitivos: no hay más remedio que confiar en principios de sentido común y prudencia, caso por caso. En cambio, para la pena de muerte se está ante una elección consciente y responsable, adoptada con carácter irreversible por la comunidad.

Si no se debe matar, tampoco podrá hacerlo el Estado, aunque no sea más que para no dar un mal ejemplo a los ciudadanos. Para la pena de muerte no vale el principio de legítima defensa, desde que el culpable se encuentra ya de hecho bajo llave e impedido de hacer daño. Quedaría el principio de la prevención. Pero en ese sentido la pena de muerte de nada sirve para el culpable (ni lo edifica ni lo redime), sólo sirve para los demás. Se mata a un culpable para enviar una severa advertencia a los que pudieran delinquir, y para salvaguardar a los inocentes.

Lo que quiere decir que se usa a un hombre no como fin, sino como medio. Se lo usa (se usa su vida) como un telegrama. No lo hacen de otro modo los terroristas, que asesinan a cualquiera no por odio personal, sino para enviar un mensaje al cuerpo social, y por eso se les llama terroristas, es decir, individuos que hacen política no a través de la persuasión sino mediante el terror. La pena de muerte como advertencia es entonces un ejemplo de terrorismo de Estado, de terrorismo sancionado por ley.

Puedo prever la objeción: los terroristas usan la muerte de otro con fines perversos, mientras que el Estado utilizaría la muerte del condenado con fines benéficos. Perfecto. Entonces, ¿se puede matar con fines benéficos? No lo veo escrito en ningún mandamiento. Si un hombre puede ser utilizado como medio para evitar el daño a otros de sus semejantes, ¿por qué habríamos de juzgar odioso criar personas para después matarlas, extraerles sus órganos y trasplantarlos a otras personas enfermas?

Contradicción

Si se rechaza esta hipótesis al aseverar que no se hace mal a un individuo para hacer el bien a otro, se admite que no se puede matar con fines benéficos (salvo en el caso único de legítima defensa, pero porque es una cuestión de segundos y no hay alternativa). Y, por lo tanto, no se puede matar a un hombre sólo para que sirva de ejemplo a los demás.

Si se responde que no nos prestaremos a ese infame comercio de órganos porque los donantes forzosos serían inocentes, ¿se trata entonces de conceder que sería lícito arrancar el corazón (en vivo) a quien haya cometido graves delitos? Instintivamente, todos dirían que no: sólo si estuviera muerto ya.

Queda por decidir cómo ha muerto el culpable. ¿Condenado a muerte para que sirva de ejemplo? Estamos otra vez en lo mismo: ¿se puede entonces quitar la vida a un ser viviente en beneficio de otros vivos? Si se ha contestado que no la primera vez, debería responderse no también en ésta.

Como se ve, cualquiera que fuese el caso, la pena de muerte contradice nuestra más arraigada creencia acerca del bien y del mal y sobre los derechos del individuo. Entonces, ¿por qué la desean? Podrá parecer inaceptable para el que de buena fe la desea, pero se la desea por la misma razón por la que se desearía la muerte de alguien a quien con impaciencia se espera heredar: para obtener una ventaja. ¿Sería lícito matar (para tener más dinero) a un culpable de homicidio? No, responde nuestra conciencia. Y por lo tanto no podemos tampoco matar a un culpable para obtener mayor seguridad. Pero en el caso de la herencia, se dirá, el beneficio concierne a pocos, mientras que en el caso de la prevención concierne a todos. Muy bien. ¿Es lícito entonces que el Estado mate a los ricos para repartir su dinero entre los pobres?

Alguno lo ha sostenido (y lo ha puesto en práctica), pero los que se manifiestan en favor de la pena capital (que generalmente militan en posiciones de "ley y orden") lo han definido un "sucio terrorista comunista stalinista". Decidan ustedes de qué lado están. ¿Con el terror de Estado o con los kulaks?

Traducción de Jorge Ortiz Barili

La Nación 19- 04 - 1998

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10 Marzo 2007

Di Bella, la ciencia y la mayoría

Como no soy cancerólogo, para el que lo sea la terapia Di Bella (*) podría ser acertada o equivocada. Me parece razonable que, ante la presión de la opinión pública y de tantas personas que sufren, las autoridades competentes inviten a los científicos a realizar una experimentación seria susceptible de resolver la cuestión, porque en asunto de semejante gravedad bien vale la pena recapacitar una vez más sobre el juicio acaso ya pronunciado. Todos podemos equivocarnos, y pensarlo dos veces no le hace mal a nadie. Una de las razones por las que confiamos en la ciencia es porque los verdaderos hombres de ciencia no sólo piensan siempre dos veces, sino infinidad de veces. El científico serio deja siempre abierta la posibilidad de que lo que creía cierto no lo sea.

Si se descubriera que Di Bella tenía al menos parte de razón, la comunidad científica deberá admitir que no lo había considerado con la atención suficiente, y tendrá que enmendar esa ligereza. Si, en cambio, se llega a la conclusión de que Di Bella estaba equivocado, grande será el dolor y atroz la desilusión de quienes habían concebido demasiadas esperanzas: pero desde el punto de vista del bien común no será tiempo perdido. Quizá la gente no piense mucho en ello, pero la tarea de los hombres de ciencia es útil no sólo cuando se abre una nueva senda, sino también cuando se trabaja tal vez durante años tan sólo para demostrar que esa senda no es practicable.

La opinión pública

¿Todo normal, entonces? No; lo que está ocurriendo hace aflorar también una tendencia típica de esta nuestra época New Age , propensa a la búsqueda de revelaciones esotéricas, y el problema subsistiría asimismo en el caso de que Di Bella demostrara haber tenido razón. En realidad, por una parte, la gente que ansiosamente asedia la casa del doctor Di Bella, y cruza los Alpes para buscar a cualquier precio el fármaco milagroso, no lo hace porque "sepa" que Di Bella tiene razón: lo cree, lo sospecha, se fía de las cosas que ha oído decir. Por la otra parte, los propios medios de prensa están dominados por una especie de excitación, como si la presión de la opinión pública pudiera vencer a una confabulación científica inconfesable. Ahora bien, el hecho de que tal confabulación pudiera existir es una cosa, y otra es concebir que la ciencia sea democrática y que una sana mayoría pueda desautorizar a una asociación de oscuros fines, como se lo propuso con Tangentopoli o con la mafia.

La ciencia no es democrática, o al menos no lo es en el sentido político del término. En la ciencia no prevalece el juicio de la mayoría. Galileo podía tener a todo el mundo en contra, pero tenía razón. Fue la mayoría de los médicos la que trató de loco al doctor Semmelweiss porque quería que los obstetras se lavaran las manos para no causar la muerte de las parturientas, pero era esa mayoría la que estaba equivocada. La turbas podrían cambiar de parecer y asediar mañana la casa de Di Bella para llevarlo a la hoguera, pero eso no probaría que sus métodos terapéuticos eran erróneos.

Vademécum fidedigno

La ciencia es democrática, sin embargo, en el largo plazo: en el sentido de que, finalmente, lo que prevalece es el juicio de la comunidad científica, que se estabiliza con el correr de los años, e incluso de los siglos, y constituye lo que consideramos manuales fidedignos.

Y son dignos de confianza porque son el resultado de una discusión colectiva, de pruebas sobre pruebas.

Podría darse el caso de que entre cinco mil millones de habitantes del planeta hubiera (en remotos países superpoblados) tres mil millones que todavía creen que la Tierra está inmóvil y el Sol gira a su alrededor, y sin embargo también en las escuelas elementales de esos países se usarían los manuales en los que se da la razón a Galileo. Este consenso, que se forma de las más diversas maneras, es el que prevalece a fin de cuentas, y no depende de la mayoría, incluso si expresa precisamente algo que todos (hasta que se demuestre lo contrario) debieran considerar como verdadero.

Parecerá extraño, pero la experiencia Di Bella se me antoja en cierto modo semejante al debate sobre la liberalización de los negocios. ¿Se acuerdan de los gritos de indignación y dolor de los comerciantes cuando se hablaba de crear la primera zona peatonal? El razonamiento era que, no pudiendo llegar en automóvil, los clientes dejarían de concurrir a los negocios. Ahora sabemos que las peatonales son, en cambio, las áreas donde florece el comercio. Tal vez eso obligara al dueño de una gomería a dejar el centro para instalarse en zona de tránsito automovilístico, y haya puesto en dificultades a unos y favorecido a otros, pero estadísticamente (y por tanto científicamente, habiéndose probado en el largo plazo) sabemos ahora que la mayoría de los comerciantes estaba equivocada. Sucede a veces lo contrario, que un exceso de negocios arruine la belleza de ciertos lugares históricos.

Comprendo que los dos problemas no son conmensurables, pero de ambos puede decirse que, en materias en las cuales está en juego un cuidadoso proceso de hipótesis, de pruebas y contrapruebas, no siempre la opinión pública es una autoridad fidedigna, precisamente porque piensa con demasiada prisa.

(*) Referencia a la controversia suscitada en Italia alrededor de la terapia aplicada por el doctor Luigi Di Bella en pacientes de cáncer. (N. del T.)

Traducción de Jorge Ortiz Barili
La Nación 22 - 03 -1998

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9 Marzo 2007

La eugenesia no es una ciencia exacta

No ha pasado mucho tiempo desde que, al tener conocimiento de la clonación de un ovino, la humanidad (o, al menos, la parte de ella que se expresa a través de los mass media) ha dado muestras de síndromes sobremanera angustiosos, que se traducían en gritos de alarma, demandas de un control más severo de la ciencia, profecías acerca de un universo de caras repetidas, etcétera, etcétera.
Me parece suspiró aliviado, en cambio, al enterarse luego de otra noticia que puede rectificar tales temores: que desde hace muchos años, y hasta hace poco, se practicaban en Suecia selecciones rigurosas, tratando de volver ineptos para la reproducción a todos los seres humanos que presentaran algún defecto (a propósito, leo que una polémica semejante se está originando también en Francia y por lo tanto debo presumir que la selección de los mejores a través de la eliminación de los ineptos es una práctica más frecuente de lo que se cree). Estas prácticas fueron duramente criticadas (por cierto, como inducen a hacerlo el buen sentido y el buen corazón), sin sacar las optimistas conclusiones de rigor.
Es opinión generalizada que el ejemplo más inquietante de selección eugenésica fue el que propuso el nazismo, que, además, estaba apoyado en una elaborada teoría de la superioridad de la raza germánica y, por lo tanto, se proponía como modelo integral, tanto fuese en el plano teórico como en el práctico.
El inspector Derrick
Reflexionemos ahora sobre lo que le pasó al pobre Hitler, ciertamente digno de nuestra comprensión. Creo que se puede afirmar que, si los modelos más populares de ciudadanos alemanes que hoy reconocemos son el inspector Derrick (1), su imbécil ayudante y aquellos personajes medio sifilíticos que intentaban neutralizar sólo porque revelaban un encefalograma liso, no puede decirse que el proyecto eugenésico nazi haya tenido éxito. Pero razonemos: ¿de cuánto tiempo dispuso Hitler para llevarlo a cabo?
Se convirtió en jefe de Estado en 1934 y, para no hablar del bunker final, ya a fines de 1944 está prácticamente fuera de juego. Por lo tanto tuvo a su disposición solamente diez años, en el curso de los cuales tuvo que ocuparse de (en este orden): 1) constituir un ejército y una nueva potencia industrial; 2) eliminar, además de sus adversarios políticos, a millones de personas pertenecientes a las razas inferiores (y con un gasto técnico y de organización nada despreciable); 3) sostener una guerra que ha sido la más complicada en toda la historia de la humanidad, guerra que, por lo demás, no tuvo que librar solamente contra los adversarios, sino también (y sobre todo) contra los propios aliados.
¿Cuánto tiempo le quedó entonces para consagrarse a la selección de una raza elegida? Por más que hubiera trabajado horas extra, no habría alcanzado a completar su proyecto.
Ahora nos informamos de que, en cambio, en Suecia han dispuesto de varias décadas. No quisiera en modo alguno que las observaciones que siguen se interpreten como una ofensa a los suecos, entre los que cuento con muchísimos amigos, pero, en fin, hoy todavía (como siempre en este mundo) hay suecos hermosos e inteligentes, otros más bien sucios y de menguado intelecto, algunos doctos en ciencias o escritores de mérito y algunas personas modestas; algunos contentos de vivir y otros que se inclinan por el alcoholismo o el suicidio, y me imagino que estarán allí incluso los que se parezcan al inspector Derrick y a sus lugartenientes.
Vodka y salmón
En una palabra, sería un error decir que los suecos son peores que los demás, pero tampoco se puede aseverar que representan a una raza elegida, hecha de esa condición a través de sucesivos experimentos selectivos. Cuando son altos, rubios, bellos y despiertos lo son porque ya lo eran sus antepasados vikingos, porque viven en un clima estimulante, porque van asiduamente al gimnasio, porque comen un excelente salmón y porque el vodka Absolut es, a mi juicio, mejor que el de Rusia. Pero habrían continuado así aunque algunos de sus médicos no hubiesen esterilizado a los individuos con cualquier imperfección física.
Se advierte, por otra parte, que son los mismos suecos los que abjuran todos los años de sus científicos extravagantes y los que no comulgan con ninguno de los mitos arianizantes, desde el momento en que admiten en el Olimpo del Nobel a personas que con frecuencia son morenas, calvas, raquíticas, balbucientes, enclenques, bizcas, con caspa y piel grasienta, anteojos de tres dedos de espesor, marcapasos, diabetes, dentadura postiza, pulmones y bronquios arruinados por el tabaco negro, pene de erección horizontal...
Este episodio demuestra, pues, que la eugenesia no es una ciencia, y que construir una raza perfecta es una empresa imposible. De modo que no nos preocupemos demasiado por algún becerro clonado, que a lo sumo dará bifes más jugosos, pero nunca escribirá la divina comedia, aunque lo manden a la universidad.

Traducción de Jorge Ortiz Barili
La Nación 14 -12 - 1997

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7 Marzo 2007

Consejos prácticos para modistos italianos

En estas semanas de artículos acerca de las vacaciones inteligentes (o idiotas) he tenido ocasión de leer informes sobre los destinos más obvios del mundo, tales como París, Londres o Madrid. Algunos decían cómo esos lugares no eran ya tan atractivos como en un tiempo. Cualquiera puede decir "¿París? Vayan, si quieren, pero el París que yo he conocido no existe ya". Algunas de estas afirmaciones son ciertas (ha cambiado el París que conoció Rabelais), y otras son piadosamente nostálgicas (los baños de los hoteles no son ya los mismos que en tiempos de Picasso, gracias a Dios). Pero no era mi intención hacer aquí un discurso de nostalgia, sino de sentido común.

Parece que Armani había comprado el local del Drugstore de Saint-Germain-des-Prés, y que otros estilistas estaban tratando de adueñarse de la librería La Hune, y de la que está en la esquina de la rue Bonaparte, frente a la casa que fue de Sartre. Por otra parte, la antigua plaza Saint-Sulpice, en torno de la cual vivían los Tres Mosqueteros, ha sustituido hace tiempo los viejos tenduchos por emporios de Yves Saint-Laurent. Ya se sabe, la ciudad se transforma. Pero yo no me sitúo desde el punto de vista de los nostálgicos, sino desde el de los creadores de la moda que, como supongo, tratan de expandirse para vender más.

Rue des Saints Péres

Era una vez aquel trecho de la Rue des Saints Péres que va desde el Boulevard Saint-Germain hacia el Sur. En ese corto trayecto había dos casas editoras con sus escaparates (Grasset y Fayard), dos hoteles que eran prácticamente la casa de huéspedes de las dos editoriales, un restaurante viejo-francés en la intersección del bulevar, y un bar pseudo irlandés en la otra punta de la calle, el Twickenham´s: a eso de las seis de la tarde, los que no se juntaban en el Flore o en los Deux Magots creyendo encontrarse todavía con Juliette Gréco, podían ver allí, bebiendo ensimismados un aperitivo o comiendo un croque-monsieur, a escritores de medio mundo.

Hace años que el restaurante y el bar han vendido y en el lugar del primero está Sonia Rykiel y en el del segundo, una tienda de zapatos, creo que de Ferragamo. Digo "creo" y se verá por qué no estoy seguro. Sucede que ese tramo de la calle, que era meta de paseo no sólo de turistas sino también de parisienses, está ahora desierto. Los que, como yo, tienen que ir a Grasset, van allí en taxi y a lo sumo saben que la casa editora, con los escritores que la visitan, se transfiere entre las seis y las siete de la tarde al bar del hotel des Saints Péres, donde se ha constituido una peña literaria. Pero no digo los turistas, sino que ni siquiera los parisienses lo saben, y no se atreven a poner el pie en el hall de un hotel casi familiar, por lo cual el lugar se ha convertido prácticamente en un club privado.

Consecuentemente nadie va ya a la parte sur de la Rue des Saints Péres y por tanto nadie ve ya ni las vidrieras de Rykiel ni las de Ferragamo (si desean comprar zapatos, hay decenas de negocios diversos sobre el Boulevard Saint-Germain). En la plaza Saint-Sulpice está Yves Saint-Laurent, pero el parisiense y el turista que echan un vistazo al escaparate (y quizás entren luego) están allí porque allí encuentran, además de la plaza y la iglesia, dos bares celebérrimos, en uno de los cuales se sentaba y escribía Perec, y algunas viejas librerías a su alrededor. El día que ya no estén allí, no tendrá objeto ir a esa plaza para ver una tienda de modas: para eso hay otras sobre la orilla derecha.

Cuando en Saint-Germain hayan sido expropiados el Flore, el Deux Magots y la cervecería Lipp, sustituidos por otras tantas boutiques, díganme para qué tendría uno que tomar el metro (o el tren o el avión) e ir allí para ver lo que pueden ver también en su lugar de residencia. Objeción mercantil: pero están los turistas japoneses, que invadirán esos lugares para comprar obras firmadas. Falso. Los turistas japoneses se están haciendo más astutos, leen guías muy sofisticadas, y si van a Saint-Germain no es para ver lo que ahora pueden encontrar igualmente en Tokio. Si no reconocen el viejo París (o al menos una buena imitación), dentro de poco tiempo desaparecerán.

No hay que lamentarse si eliminan el Drugstore de Saint-Germain: cuando lo construyeron, todos los parisienses lloraban por la afrenta. Sin embargo, era un sitio donde, a la una y media de la madrugada se podían conseguir diarios, libros, una botella de vino, un panecillo con paté, discos y videocassettes (por no hablar de dentífrico y aspirina) y terminar la trasnochada en casa con los amigos. Por eso era un ir y venir de automóviles en la esquina, que tal vez perturbaban de algún modo, pero que daban vida al barrio. Cuando pongan allí una tienda de chaquetas de cuero, es lógico que nadie irá allí a la una y media de la madrugada, y quizá tampoco a mediodía. ¿Quién habrá salido ganando? ¿Armani, quizá?

En vista de que entre los más conspicuos asesinos de París se encuentran los modistos italianos, y como sé que tienen reputación de protectores de las letras y las artes, no me queda más que formular una modesta propuesta, en interés de ellos mismos y de la comunidad: hagan lo que se les antoje en el primer piso, pero dejen en la planta baja las razones por las cuales iba la gente allí. En su defecto, díganme con qué objeto habríamos de tomar jamás un avión para llegar a un aeropuerto.

Traducción de Jorge Ortiz Barili

La Nación 23 - 11- 1997

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6 Marzo 2007

El arte de la edición

En las últimas semanas he tenido ocasión de leer acerca de dos polémicas sobre libros publicados con errores de diverso género. Si el editor es culpable, se encuentra en buena compañía.
El arte de la edición (es decir, la capacidad de controlar y volver a controlar un texto de modo de evitar que contenga, o contenga dentro de límites soportables, errores de contenido, de transcripción gráfica o de traducción, allí donde ni siquiera el autor había reparado) se desenvuelve en condiciones poco favorables.
Ha salido hace unos meses la versión francesa de un libro mío sobre la estética medieval, y en seguida un lector minucioso me ha escrito que en determinado pasaje, refiriéndome a la simbología del número cinco, cito las cinco plagas de Egipto, que en realidad son notoriamente diez. Quedé atónito, porque recordaba haber citado directamente de una fuente original: fui a ver la edición italiana y he descubierto que mencionaba, en efecto, cinco plagas, pero no Egipto. La fuente se refería, en realidad, a las cinco llagas del Señor (manos, pies y costado). El traductor, tal vez por automatismo, había añadido Egipto. Yo había leído la traducción, pero la inconveniencia se me había escapado: quizá leyendo deprisa el fragmento me sonara estilísticamente bien, o acaso hubiera corregido una imprecisión en la línea anterior y a raíz de ello prestara menos atención a las dos líneas siguientes.
Presunto culpable
Establezcamos un dogma: el autor, que en cuestión de escribir y corregir se guía por los lineamientos "conceptuales" del texto, es la persona menos indicada para descubrir los propios errores. En mi caso de Egipto, había dos personas que hubieran debido tener una sospecha: una era el corrector (pero no estaba obligado), la otra era precisamente el redactor que, para toda referencia, cita o nombre poco usual, habría debido verificarlo en cualquier enciclopedia. En teoría, el buen editor debería controlar todo: aun cuando en el texto se diga que Italia se encuentra al norte de Túnez, tendría que echar un vistazo al atlas.
Este oficio está ahora en crisis y no solamente en las casas editoras. En los diarios se encuentra uno de todo ya, y en la radio parece que hubiera ahora un comisario expresamente encargado de velar por que los locutores pronuncien incorrectamente los nombres extranjeros, aunque hayan sido italianizados.
Tengo a la vista dos libros publicados por dos importantes editores. En la traducción del inglés de una obra de divulgación histórica se me dice que dos grandes filósofos árabes dominaron el medievo: Avicena e Ibn-Sina. Se da el caso (notorio para muchos) de que Avicena e Ibn-Sina son la misma persona (como Cassius Clay y Muhammad Ali). ¿Se equivocaba ya el autor original? ¿Ha confundido el traductor un "and" con un "or"? ¿Se ha empastelado una prueba en la que ha saltado una línea o un paréntesis explicativo? Misterio. El hecho es que un editor, aunque no supiera nada de Avicena, hubiera debido cerciorarse en una enciclopedia si los dos nombres estaban bien escritos, y se habría dado cuenta del error.
En otro libro traducido del alemán, encuentro primero mencionado a un tal "Symeon Stylites" que es, evidentemente, San Simeón Estilita, y paciencia.
Pero luego encuentro "Giovanni il Battezzatore". Los alemanes, en efecto, llaman "Johannes der Täufer" al que entre nosotros es Juan Bautista. El traductor sabía el alemán, pero jamás en su vida había entrado en contacto, no digo con los Evangelios, sino que ni siquiera con algún almanaque o un texto cualquiera para niños que hablara de Jesús.
Corrector budista
Me parece extraordinario, aun cuando se hubiera criado en el seno de una familia budista. Pero aquí parece que el budista fuera también el corrector (al que sería debida la causa de cualquier perplejidad) y, sobre todo, el editor. Si no fuera por el hecho de que en este caso el editor evidentemente no era, sino que alguien ha comprado el libro, lo ha mandado traducir, ha enviado el manuscrito directamente a la imprenta y eso es todo.
Si se manda un manuscrito a una University Press norteamericana, tienen que pasar dos años antes de que salga. En esos dos años hacen composición y editing a través de las cuales lo mismo siempre se escapa alguna tontería, pero menos que entre nosotros. Estos dos años de trabajo cuestan. Si se quiere estar presente en el mercado con el libro terminado, no se puede permitir uno el lujo de pagar un editor digno de ese nombre, y el oficio muere.
Si al corregir meticulosamente una línea se termina pasando por alto la siguiente, si el autor puede equivocarse más que los otros, si un editor puede no saber nada de Avicena, el manuscrito y las pruebas de imprenta deberían ser releídos por muchas personas con curiosidad y competencias diversas. Todo esto podía acontecer todavía en las casas editoras de estructura "familiar", donde un texto era cariñosamente discutido en cada pasaje por más colaboradores, pero difícilmente puede ocurrir en una gran empresa en la que todo se procesa en cadena de montaje. Nuevas oportunidades profesionales se abren por lo tanto para quien acredite estudios especializados en editing, al cual sea confiado el libro en concesión, y donde sea seguido con pasión palabra por palabra.

Traducción de Jorge Ortiz Barili
La Nación 26 - 10 - 1997

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